El triunfo romano

 



Ilustración superior de Peter Dennis



Cuando la Porta Triumphus o puerta del triunfo, una puerta especial en las Muralla Servianas, se abría , y no era para un funeral de un emperador, los ciudadanos, que aguardaban impacientes el espectáculo, sabían muy bien qué significaba: se trataba de un triunfo (triumphus), la ceremonia en la que un general victorioso desfilaba por las calles para celebrar una campaña exitosa.

En época republicana, cuando un general resultaba victorioso de una campaña militar, tenía derecho a solicitar al Senado la concesión de un triunfo tras su regreso a la gran Urbe, quienes sometían a votación el concederselo o no. En muchas ocasiones, al Senado no le interesaba, ya que los triunfos daban poder y sobre todo popularidad al general protagonista, y esto podría ser peligroso en un mundo como el romano. Para que se concediera el triunfo, la campaña debía haber sido de gran escala y contra un enemigo externo, en ningún caso tras una guerra civil, y según el autor del siglo I d. C. Valerio Máximo, un triunfo sólo podría concederse a un general victorioso que hubiera matado al menos a 5.000 enemigos en una sola batalla. Para quien ganaba una guerra menor, no digna de un triunfo, estaba previsto un triunfo menor, la ovación (ovatio), donde además de muchas diferencias, el general iba a caballo y no en carro. Por otro lado,  en la República los triunfos sólo podían ser celebrados por generales de rango consular, mientras que, en la época de los emperadores, estos quedaron reservados a los miembros de la familia imperial. Si las proezas de un general hacían a este digno de un triunfo, pero no era miembro de la familia imperial, se le concedían unas condecoraciones triunfales, es decir, la parafernalia del triunfo sin la procesión por las calles.

La celebración del triunfo consistía en una procesión a través de las calles de Roma, flanqueada por multitudes vitoreantes reunidas para la ocasión. El recorrido comenzaba, como hemos comentado antes, en la Porta Triumphus, y tras dirigirse y atravesar el Circo Máximo, se seguía la vía Sacra para posteriormente atravesar el Forum Magnum y llegar tras ello a la colina capitolina y por consiguiente al templo de Júpiter Ótimo Máximo, donde se realizaban los ritos finales y el sacrificio de los animales que habían participado en el triunfo.




Recorrido del desfile triunfal



El desfile comenzaba con una fanfarria de trompetas que anunciaban que se aproximaba el triunfo. A los heraldos les seguía una columna de carros cargados con el botín de la campaña del general, tras de los cuales avanzaban unos elaborados dioramas sobre ruedas, una especie de escenarios portátiles o maquetas, que ilustraban ante el público dónde y cómo había obtenido la victoria el general. Después venía un grupo de bueyes blancos con los cuernos dorados y otros animales, en muchos casos exóticos provenientes de los territorios conquistados y que serían sacrificados. Por ejemplo, durante el triunfo de César tras su victoria en Egipto, se vieron por primera vez en suelo europeo jirafas, las cuales causaron gran sensación. Seguía el desfile los prisioneros apresados durante la campaña, cargados de cadenas, quienes eran abucheados por la muchedumbre mientras marchaban pesadamente tras ellos. Algunos prisioneros eran vendidos más tarde como esclavos, mientras que otros eran enviados al anfiteatro a combatir. A los caudillos enemigos les esperaban otros destinos muy diversos. Mientras a algunos se les perdonaba la vida, a otros se les ejecutaba en público tras finalizar el triunfo. Por fin, después de los prisioneros aparecían los magistrados y senadores dando paso al general. 




Triunfo romano a su paso por el Foro (Ilustración de Peter Connolly)


Este iba montado en un carro dorado (una cuadriga que se guardaba con reverencia en un templo), tirado por cuatro caballos blancos y adornado con hojas de laurel, el símbolo de la victoria. El general agasajado llevaba las ornamenta triumphalia: ornamentos que consistían en una corona de hojas de laurel (signo de purificación), una coraza decorada con el motivo de la palma de oro (un símbolo de victoria) y una capa púrpura con bordados de oro. El general sostenía una rama de laurel en una mano y, con frecuencia, un cetro de marfil coronado con un águila de oro.  Además llevaba el rostro pintado de color rojo en representación de Júpiter Óptimo Máximo, la divinidad principal del Estado romano. A su lado, un esclavo sostenía una corona de oro sobre su cabeza, y a la vez le recordaba que era sólo un hombre, aunque en ese momento personificara al padre de los dioses. Un triunfo, además de aportar gran popularidad y prestigio al general, se le erigía en us honor una estatua en el Foro y se le concedía un importante premio en metálico, con el que se esperaba que hiciera construir un monumento público, como, por ejemplo, un arco del triunfo.


Detrás del general, iban los músicos y las cohortes representativas de sus legiones victoriosas. Los estandartes se elevaban airosos y los legionarios marchaban con orgullo, alternando los vítores para su general triunfante y canciones o chistes irreverentes sobre él, lo cual permitía la tradición. Al llegar al Templo Capitolino, el general depositaba su rama de laurel en las rodillas de la estatua de Júpiter y, asistido por varios sacerdotes, celebraba los sacrificios rituales. A continuación y por último, se celebraba el banquete triunfal. Este solía durar varios días, e iba acompañado de fiestas y juegos en el circo.



Bibliografía:

-Legiones de Roma: La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas (Stephen   Dando Collins)

-Revista Historia National Geographic Nº 175





Los "ultras" y los disturbios de Niká

 


Ilustración inferior de Ángel García Pinto


Muchas veces vemos en la televisión peleas y enfrentamientos de ultras de equipos de fútbol y reflexionamos sobre si el fanatismo en el fútbol se nos está yendo de las manos. Lo curioso es que hemos avanzado mucho, y si alguna vez ha habido una verdadera pelea de ultras, fue la ocurrida hace 1500 años en el imperio bizantino, nada que ver con las que ocurren hoy en día.


Las carreras de cuadrigas en Bizancio, fueron menos importantes que las de Roma. En el siglo VI D.C, seguían existiendo los clubes, siendo los más importantes los Verdes y los Azules. No obstante, ya no eran simples equipos, sino que también ganaban influencia en lo concerniente a lo militar, la política y la teología; por ejemplo, los Verdes tendían al monofisismo mientras que los Azules permanecían en la ortodoxia. También se convirtieron en algo parecido a las actuales bandas callejeras, siendo responsables de robos y asesinatos. Durante el siglo V d .C. , los disturbios se habían descontrolado.  Procopio de Cesarea escribió lo siguiente:


“La población de las ciudades se había dividido desde hace tiempo en dos grupos, los Verdes y los Azules... sus miembros (de cada facción) luchaban contra sus adversarios... no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco.”


Esta rivalidad estaba agravada por un trasfondo político y teológico, pues mientras que los Verdes estaban formados mayoritariamente por comerciantes y arrendatarios de servicios y bienes públicos y profesaban el monofisismo, los Azules eran principalmente terratenientes o aristócratas y practicaban el cristianismo oficial. Justiniano apoyaba a estos últimos. Tal era la rivalidad y tensión en la ciudad que durante el reinado de Justiniano I, en el año 532 d. C. , ocurrieron los famosos disturbios de Niká. La revuelta comenzó en el Hipódromo  y se fue extendiendo por toda la ciudad, atacando y destruyendo edificios públicos como el Gran Palacio y la iglesia más importante de la ciudad, Santa Sofía, que más tarde sería reconstruida por Justiniano. Los rebeldes llegaron a nombrar hasta un nuevo emperador, Hipatio. Finalmente, el famoso general Belisario, los rodeo a todos en el hipódromo matandolos a todos y creando una masacre. Se calcula que murieron 30.000 rebeldes. Desde este incidente, la popularidad de las carreras de carros fue disminuyendo, aunque no solo por lo ocurrido, sino por los altos costes económicos que llevaban consigo estas carreras.



 

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