Como jugaban los niños romanos

 


Como dijo una vez el dramaturgo checo Tom Stoppartd, “si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás”. Y es que a pesar de los siglos de diferencia que hay entre nosotros y los romanos, apenas hemos cambiado en cuanto a ser niño se refiere. La forma que tenían los romanos de divertirse en su infancia era muy similar a la actual si ignoramos toda la revolución tecnológica que se ha impuesto recientemente. Un clásico juego como es el de las canicas ya era conocido por ellos, por entonces llamado ocellates, estaban hechos con piedras redondas de barro cocido. También se han encontrado versiones de canicas fabricadas con vidrio transparente, más similares a las actuales. Otro juego aún existente es la morra, un juego de manos que consistía en acertar el número de dedos sacados entre dos jugadores. El columpio, el cara o cruz, el escondite, las muñecas o las cocinitas son más ejemplos de  juegos muy populares que han sobrevivido hasta nuestros tiempos prácticamente de forma idéntica. Otros sin embargo han evolucionado, como la mosca de bronce, la cual podría ser la predecesora de la gallinita ciega. Esta funcionaba de la siguiente forma. Se le vendaban los ojos a un niño y gritaba: “yo cazaré a la mosca de bronce”. Los otros respondían: “tú la cazarás pero no la atraparás”, y el resto corrían, imitando el zumbar de las moscas, evitando ser pillados.  

Por otro lado encontramos juegos de tablero como el latrunculi (similar al ajedrez o damas) o “el ludus duodecim litterarum” (similar al tres en raya). Estos dos últimos, al igual que muchos juegos de dados, eran jugados también por adultos. Es tambíen el caso del trochus, en el cual se hacía girar un aro el cual se intentaba mantener en movimiento gracias a un palo o guía. Este juego tiene su origen en Grecia y era practicado por gimnastas, convirtiéndose con el paso del tiempo en uno de los juegos favoritos entre los infantes. 




Resulta sorprendente que cosas tan simples y sencillas como los juegos infantiles, hayan sobrevivido iguales o casi iguales hasta nuestros días. Y es que como  hemos podido comprobar una vez más, no somos tan diferentes de los romanos como pensamos.



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