Los extravagantes banquetes romanos




En época imperial el banquete se convirtió en símbolo de estatus para la aristocracia. Desde Grecia llegó a Roma la moda de celebrar banquetes tumbados en lechos, un tipo de cama con capacidad para tres personas, los cuales se colocaban alrededor de una mesa central. La sala del banquete tomó el nombre de triclinio o triclinium en latín. El nombre procede de la palabra griega triklinion, formado por "tri-" de "tres", y klinē, el nombre griego que recibían los lechos. Sobre estos se colocaba una gran servilleta que traía cada invitado y con la cual podía envolver y llevarse las sobras de la comida que el anfitrión ofrecía. Plinio el Joven nos habló de un triclinio donde los comensales se tumbaban en lechos en un extremo de la piscina mientras los sirvientes empujaban sobre el agua las bandejas de comida para que llegasen flotando hacia los invitados.  

Debido al hecho de que se encontraban tumbados mientras comían, usaban solo las manos, y no cubiertos, los cuales eran difíciles de usar en esa postura. La comida estaba cortada en trozos pequeños, para que fuese más fácil de comer con las manos, las cuales se limpiaban con miga de pan. Y aunque esté muy extendido el mito de que los romanos vomitaban queriendo para vaciar su estómago y seguir comiendo, no es cierto, es totalmente falso.



Banquete romano (Peter Dennis)


En el imperio romano también se contrataban cocineros profesionales, especialmente griegos y orientales, quienes además de cocinar platos exóticos, se les pedía en muchas ocasiones que creasen auténticas obras de arte sobre la mesa. Destaca entre otros Apicio, un gastrónomo del siglo I d. C. a quien se atribuye De re coquinaria, un manual culinario considerado la obra gastronómica más famosa del mundo antiguo. En él encontramos hasta trucos para esconder el gusto original de los alimentos mediante especias y otros ingredientes y hasta una receta de arenques sin arenques. 

Un plato muy famoso y refinado era el porcus troianus: un cerdo relleno de salchichas con salsas aromáticas y verduras, recordando al caballo de troya con los soldados griegos en su interior. Hay que tener en cuenta, como en la actualidad, que en el mundo gastronómico había bastantes modas, como por ejemplo una muy extendida entre los ricos que consistia en usar nieve para enfriar los alimentos, incluso hacían sorbetes con la nieve a base de leche, huevos y miel, ¿helados?.

Los pavos reales, muy caros, se servían enteros y decorados con sus plumas. Otros platos extraños, para nosotros y no para ellos, eran la lengua de flamenco (un auténtico manjar de la época), los talones de camello, el cerebro de avestruz, o la carne de cachorro de perro. 



Mosaico romano de un banquete (La villa de Tellaro, Sicilia)


Por último, mencionemos el Satiricón de Petronio, una obra de fantasía, pero seguramente inspirada en modas reales del siglo I d. C. En ella se habla un banquete donde se sirvió un jabalí cocinado entero y rodeado de lechones hechos con pasta de almendras y dos cestas de dátiles colgadas de sus colmillos. Ya es extraña la extravagancia del plato, pero lo realmente peculiar es cuando el cocinero clavó el cuchillo en el animal, pues salieron pájaros volando, los cuales enseguida fueron capturados, cocinados y servidos.

Bibliografía:

-Revista Historia National Geographic N.º 175. Artículo "Manjares en la Roma Imperial: el arte del exceso", por Bárbara Faenza.

 

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