El Hado y las hadas

 


Imagen superior obtenida de (enlace). Imágen inferior títulada 'Fairy Islands' 
del libro "Elves and Fairies" (1916) de Ida Rentoul Outhwaite.


Cuando lo conocido se mezcla con lo desconocido, la historia da paso a la leyenda, la leyenda al mito y el mito, en ocasiones, a la magia. Y qué hay más mágico que el misterioso mundo de las hadas. Por ello, en este breve artículo nos saldremos de lo conocido para explorar lo desconocido y descubrir el origen de las hadas.


Las hadas son unos personajes fantásticos con forma humanoide y extensas alas, que han cobrado una importante presencia en nuestra cultura popular. Siempre se les relaciona con la naturaleza, tanto con el mundo vegetal como animal, viviendo entre flores y bellas plantas, dando paso a la ansiada primavera. ¿Pero qué hay de cierto en todo esto? ¿Quiénes son realmente las hadas? Estos personajes del mundo de la fantasía aparecen mencionados por primera vez en la Edad Media por autores como Jean d'Arras y Chrétien de Troyes, donde ya muestran características bellas y su fuerte relación con el mundo del bosque y la magia. Desde entonces veremos distintas personificaciones y papeles en las hadas de las novelas medievales, encontrándonos sobre todo con el hada amante y el hada madrina. Siguiendo a la filóloga y académica Victoria Cirlot, estos dos tipos de figuras, al menos el de la madrina, tienen como antecedentes a las parcas, personificaciones del Destino del mundo grecorromano. Y es que si nos fijamos bien, tanto el hada madrina como el hada amante son definitorios en el destino de la persona con la que interactúan, ya sea por medio del uso de magia para marcar su vida desde el nacimiento, en el caso de la primera, o por medio del amor, magia que no necesita presentación, en el caso de la segunda. 



Viviane y Lancelot. Manuscrito 113 fol. 156v. S. XV. BNF. (Enlace)

A continuación hablaremos de las mencionadas parcas, puesto que al fin y al cabo, esto es un espacio dedicado a la historia antigua. Eso sí, indagando en el mito, y a través de Hesíodo. Debemos irnos para ello al origen de todo, cuando Gea y Caos comienzan a tener hijos. Este último será el progenitor de todas las fuerzas dañinas y negativas a través de su hija la Noche (Nyx), y ya que la peor de todas las fuerzas negativas es la muerte, puesto que anula nuestra propia existencia, no sorprende que Hesíodo encabece la lista de los hijos de la Noche con la odiosa Moro, la personificación del Destino ("Fatum" o "Hado" para los romanos) con el significado especial de muerte señalada de un ser humano (Robin Hard p. 59). 


Nos es ningún secreto que la mitología griega cuenta con contradicciones y distintas versiones de una misma idea, y esta no es una excepción. El Moro o la Moira no siempre fue una única divinidad, pues aparece en Hesíodo como las moiras “un grupo de diosas que asignan los destinos individuales a los mortales cuando nacen, particularmente con vistas a la hora de su muerte”, (Robin Hard p.60), ¿no recuerda esto a la figura del hada madrina? Según Hesíodo y otros autores, eran tres, Cloto, Láquesis y Atropo, y se les representa como tejedoras, ya que tejen el hilo del destino de cada mortal, llegando su vida a su fin cuando este se rompe. También se les representa como hermosas mujeres en el arte, aunque la literatura las imagine siempre como ancianas. Tal vez hayáis caído ya en que seguramente “conozcáis” a estas tres hermanas, ya que tuvieron su papel en la película de Hércules de Disney, aunque lejos quedan de ser una buena representación.



Escena de la película Hércules de Disney (Enlace).

El significado de la palabra moira viene de “porción” o “asignación”, y es usada aquí en referencia al destino que se le asigna a una persona. Los romanos darán a estas diosas el nombre de parcas, palabra con su propia etimología. Aparecen además en otras mitologías como en la germánica y nórdica, con el nombre de Nornas. Posiblemente debido a un origen común indoeuropeo. En cuanto a su gran relación con la muerte y esta como destino fatal, podría explicar aquel carácter malvado que muchas veces se les da a las hadas.



Las tres Moiras. Relieve, tumba de Alexander von der Mark, por 
Johann Gottfried Schadow. Antigua Galería Nacional, Berlín.


Ahora bien, las parcas quedan todavía lejos de las figuras de las hadas como tales. Como ya comentamos anteriormente, las hadas surgen en la literatura medieval, y es qué es ahí donde el Hado y las parcas parece que se mezclan con otros tipos de personajes. Por un lado, adoptan características de las ninfas, cuya relación con la naturaleza está mñas que presente, así como con la figura del amante. Por otro lado, se mezlcan con personajes de la mitología celta (muy presente en la literatura mencionada, donde además la fantasía tiene un papel protagonista) como con los Aos Sí. Lo que ocurre aquí es que la mitología celta nos ha llegado principalmente a través de la irlandesa y escocesa, teniendo como base la tradición oral y la cultura popular. No contamos con obras antiguas que nos permitan reconstruir los mitos celtas ni sus protagonistas, más allá de cuentos y leyendas. Incluso aparecen por ahí los Cait Sith, unos “gatos hada”. Al menos a mí, como historiador, este es un campo que se me escapa. Por ello dejo en ustedes el investigar y leer sobre este asunto, limitándome en mi caso a mencionar la influencia celta en la figura del hada, además, de como he hecho, profundizar en su origen y relación con el mundo grecorromano. Claro está que, a todo lo mencionado, hay que añadir la propia evolución que ha sufrido la figura del hada como ocurre naturalmente a todo personaje dentro de la cultura popular. 


¿Qué son entonces las hadas? Más allá de lo comentado, no lo sabemos, ya que no existen como tales, sino sólo dentro de aquellas personas que piensen en ellas. Es cada persona, dentro de su imaginario, la que crea y define al hada, como si de magia se tratase. Y es que como dijimos al principio, a veces la historia se mezcla con la magia gracias al mito, pudiendo explicarse sólo lo conocido a través de lo desconocido. Y si bien es el permanente deseo de conocer y entender todo lo que mueve al ser humano, es lo que no se puede conocer aquello que mueve su alma.


-Bibliografía: 

-Hesíodo, Teogonía. Introducción, traducción y notas de Pérez Jiménez A. y Matínez Díez A. (Biblioteca Clásica Gredos 197), Madrid 1994.

-"El Gran Libro de la Mitología Griega" de Robin Hard, 2008.

- Conferencia "Hadas: lo maravilloso femenino" de Victoria Cirlot (enlace).


Calípatra, una mujer en las Olimpiadas. Los Juegos Olímpicos y las mujeres.

 


Calipatra. Ferenice. Mujeres Deporte. Olimpiadas Antigua Grecia.

Ilustración superior de María Dolores Mirón en Desperta Ferro. Cuadro de la parte 
inferior de Auguste Vinchon.

La relación entre los Juegos Olímpicos y las mujeres siempre ha sido tan compleja como casi nula en muchas ocasiones. En la Antigua Grecia, solo las mujeres vírgenes podían asistir a los Juegos, aunque como espectadoras claro. Así nos lo dice Pausanias, al menos en el s. II d.C. No sería hasta el siglo XX cuando a éstas se les permitió participar al igual que lo hacían los hombres, siendo la primera en hacerlo la tenista Charlotte Cooper. Hasta entonces, las mujeres se habían visto limitadas a competir en torneos paralelos reservadas solo para ellas. Ya desde la Antigüedad, en la propia Olimpia, encontramos la que sería la versión femenina de los Juegos Olímpicos, los Juegos Hereos. A diferencia de los juegos masculinos, dedicados a Zeus, estos estaban dedicados a Hera, su esposa, y su participación era exclusivamente femenina. Se celebraban también cada cuatro años, y compartían muchas similitudes con los Olímpicos, aunque también tenían bastantes diferencias empezando con que contaban con muchísima menor fama y prestigio. Por ello, nos son bastantes desconocidos hoy en dia.



Mujer en el deporte Historia
Figurilla de bronce de una joven corriendo (520-500 a.C.) expuesta en el Museo Británico. Aunque fue encontrada en Albania, probablemente fuese de factura espartana. Fotografía de: Caeciliusinhorto (CC BY-SA 4.0). Imágen obtenida de National Geographic



Su origen se confunde entre la historia y la mitología, pero sin duda es antiguo. Y en cuanto a su desarrollo, apenas tenemos la información dada por Pausanias (V. 16), según el cual los Juegos Hereos, organizadas por el colegio de las Dieciséis Mujeres, consistían únicamente en carreras pedestres (a pie), como los Olímpicos en su origen, aunque la distancia recorrida sería de 160 m aprox., seis veces menor que en las masculinas. Sus protagonistas serían únicamente parthenoi, mujeres no casadas, y por tanto, vírgenes. La participación directa de las mujeres en las competiciones celebradas en Olimpia, por tanto, se limitaba a los Juegos Hereos, y esa es la verdad. Pero todas las verdades tienen su excepción, y esta historia gira en torno a una. 


Calíapatra. Mujeres Olimpiadas. Juegos Olímpicos. Juegos Hereos.

Óleo de Prospero Piatti (1901). Imágen obtenida de: Wikipedia Commons.



La excepción se llama Calípatra, una mujer que sí participó en los Juegos Olímpicos. Calípatra, o Ferenice, era hija de Diágoras de Rodas (s. V a.C.), uno de los más exitosos atletas de la antigüedad, el cual triunfó tanto en los juegos olímpicos como en los nemeos, ístmicos y píticos dentro de la categoría de pancracio. Pero Calípatra no sólo era hija de un campeón olímpico, sino también hermana, ya que sus hermanos Damageto, Dorieo y Acusilao también resultaron vencedores. Y pronto, además, pasaría no solo a ser hija y hermana de campeones olímpicos, sino también madre. Su hijo Pisírrodo, siguiendo la tradición familiar, también obtuvo un triunfo. Durante este, debido a que su padre había fallecido, quién le acompañó como entrenador fue la propia Calípatra, disfrazada, eso sí, de hombre. Lo que ocurrió entonces, nos lo relata Pausanias (V. 6.7-8) de la siguiente manera: “cuando ganó Pisírodo, Calípatira, al intentar saltar por encima de la tapia donde tienen confinados a los entrenadores se quedó desnuda. Así se descubrió que era mujer, pero la dejaron marchar sin castigo por consideración a su padre, sus hermanos y su hijo -pues todos ellos habían conseguido victorias olímpicas-; con todo promulgaron una ley según la cual en adelante los entrenadores entrasen desnudos en los Juegos”.


De esta forma, Calípatra se convirtió en la única mujer conocida que estuvo presente y “participó” en unos Juegos Olímpicos en la Antigua Grecia, teniendo la suerte de no ser castigada con la pena de muerte gracias a su legado familiar. También participaron de forma indirecta otras mujeres como la espartana de sangre real Cinisca, vencedora en las carreras de carros de cuatro caballos del año 396 a.C., victoria que repetiría en los siguientes juegos. La espartana fue tratada como heroína siendo la primera vencedora olímpica. No obstante, ella no conducía el carro, sino que únicamente era quién crió a los caballos. En aquel entonces, era el dueño o la dueña de los caballos quién ganaba la corona y resultaba vencedor o vencedora, y no el auriga que condujese el carro. El mismo caso de Cinisca se repetiría más adelante con otras mujeres, pero ninguna participaría directamente como lo hizo Calípatra, la primera mujer en competir, aunque en calidad de entrenador, en unos Juegos Olímpicos.


-Bibliografía: 

-Pausanias, Descripción de Grecia. Libros III-VI. Introducción, traducción y notas de Herrero Ingelmo, M.C. (Biblioteca Clásica Gredos 197), Madrid 1994.

-Artículo "Mujeres en los juegos", de María Dolores Mirón, en "Las primeras Olimpiadas" Nº 56 de Desperta Ferro Arqueología E Historia.

- El deporte femenino en la Antigua Grecia, de Fernando García Romero, Universidad Complutense (enlace).




La ciudad de Badajoz

 

Historia de Badajoz desde época romana hasta fundación árabe y musulmana de Ibn Marwán


“El tiempo es un jardín poblado, de tactos y amapolas del Guadiana. Tiempo por donde todos vamos dejando versos y nostalgias” Jesús Delgado Valhondo Ed. Hoy (Badajoz, 20-6-75)

El tiempo, por naturaleza, tiende a esconder y ocultar tras de sí el pasado, apoyándose en su siempre compañero el olvido. Sin embargo, es a su vez aquello que da vida e historia a algo, ¿qué es?, por tanto, ¿una ciudad sin su historia, sin su pasado, sin su tiempo, si es este quién le hace ser lo que es?. Por eso, dedicaremos este espacio para hablar del pasado de Badajoz, aquel que se oculta tras un manto de amapolas del Guadiana.

La ciudad de Badajoz es actualmente un municipio y ciudad española, capital de la provincia homónima, perteneciente a la comunidad autónoma de Extremadura. 

Historia de Badajoz


Esta posee el privilegio de tener diversos relatos históricos que nos hablan sobre su origen fundacional, privilegio con el cual pocas ciudades de la Península Ibérica cuentan. Incluso su fundación tiene nombre propio, Ibn Marwán al-Yiliqi. Este pertenecía a una familia de muladíes, es decir,  hispanorromanos convertidos al islam, y era además hijo del gobernador de Mérida. Tras rebelarse contra el emir de Córdoba y rendirse, le fue asignada la localización de la actual Badajoz a cambio de no levantarse más. Allí residiría junto a muchos provenientes principalmente de Mérida. Fundaría de esta forma Mu'assassat Batalyaws, que significa la "Fundación de Batalyaws", en el 875, en una muy buena localización debido sobre todo a su buena posición estratégica. Exactamente sobre el Cerro de la Muela, una colina a orillas del Guadiana. Este está actualmente ocupado principalmente por la Alcazaba (ciudadela), actualmente la más grande de época musulmana conservada en toda Europa.


Historia de Badajoz

Estatua de Ibn Marwan en Badajoz (enlace)

Alcazaba Badajoz. Historia romana Badajoz

Alcazaba sobre el Cerro de la Muela (enlace)


Si bien conocemos cómo se fundó la actual ciudad de Badajoz, nos preguntamos, ¿había ya alguna población antes de la llegada de Ibn Marwán? ¿Qué pasado oculta ese jardín poblado que es el tiempo?

En época de Augusto, la provincia romana de Lusitania se dividía en tres: Conventus Pacencis, Conventus Scallabitanus (Santarém) y Conventus Emeritensis (Mérida). Avanzando en el tiempo, en el siglo XIII, tras ser conquistada Badajoz por Alfonso IX de León, se crea la diócesis de Badajoz con el nombre de diócesis pacensis, en imitación del antiguo conventus romano. Sin embargo, la capital de este era la ciudad de Pax Julia o Civitas Pacensis, la actual Beja, una ciudad situada cerca de Badajoz, a unos 160 km, y que pertenece a Portugal. Este “error” dió lugar a que hoy en día el gentilicio de la provincia sea “pacense”. 

Otro error de gran importancia sobre el origen de la ciudad lo vemos sobre la identificación de Badajoz con una supuesta ciudad llamada Pax Augusta, mencionada por el geógrafo griego Estrabón de los siglos I a. C. y I d. C. No obstante, hoy en día se coincide en la opinión de que esta ciudad nunca existió como tal, sino que se corresponde en realidad a la antes mencionada Pax Julia, y que el célebre griego la llamaba con el otro nombre. Esto pudo haberse cometido debido a alguna errata como mezclar los nombres de Pax Julia (Beja) y Emérita Augusta (Mérida) o simplemente nombrarnos la ciudad romana con un nombre acertado que no nos ha llegado en ninguna otra fuente. El caso es que el más importante de los geógrafos árabes, Abu-l-Fidá b. Ayyub, en su obra geográfica, víncula a Batalyaws con Pax Augusta, al igual que hará tiempo después Antonio de Nebrija en el siglo XV o el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator, en su mapa titulado Castillae veteris et novae descriptio, publicado en 1606, donde se cita a Badajoz con el nombre culto Pax Augusta. Esta errónea teoría fue defendida y argumentada por estudiosos de peso que buscaban una ascendencia fundacional del prestigio de una ciudad romana, así como una mayor antigüedad de su sede episcopal. Tuvo que llegar el conocido político Pascual Madoz para que en 1846 desmintiera tan arraigada creencia, que se seguirá repitiendo hasta finales de su siglo. 

Hoy en día, como dijimos anteriormente, ya está aceptado y apoyado que Badajoz no era ninguna ciudad llamada Pax Augusta, que debía ser la actual Beja. Pero eso no nos responde definitivamente a la cuestión de si hubo alguna población romana, y por ello, recurriremos a la arqueología. 

En la primera campaña de excavaciones de 1977, Fernando Valdés ya atestiguó una ocupación persistente del Cerro de la Muela desde la prehistoria. El poblamiento se remontaría a la etapa Calcolítica y seguía en la Edad del Hierro. En cuanto a época romana encontramos restos de una necrópolis en el punto elevado de una ladera, dentro del actual plano urbanístico de Badajoz, y que nos está informando indirectamente de la existencia de un camino, pues se solían colocar junto a estos para que los difuntos sean recordados. Este camino conduciría  a la parte alta del Cerro de la Muela donde por su altura (hoy en día con el paso del tiempo se ha aplanado) y su posición estratégica, se localizaba el yacimiento de la Edad del Hierro. Sin embargo, no encontramos restos de ocupación romana republicana como solemos estar acostumbrados en los yacimientos prerromanos, y el área funeraria descubierta se encuadra en el Alto Imperio por las incineraciones, y por las inhumaciones pudiera llevarse su uso hasta la etapa tardorromana.



Comparación y localización del Cerro de la Muela en el plano actual 
de Badajoz. Imágen obtenida de Google Maps.


A partir de Augusto y ya en el Alto Imperio se produce una reorganización de los asentamientos y la explotación extensiva del campo mediante villae, viviendas rurales que formaban parte de una propiedad agrícola. Los asentamientos además se trasladaron a zonas más llanas y accesibles (con el territorio ocupado, importaba más la explotación de este que la defensa del asentamiento). Aunque sin duda muchos se mantuvieron habitados en su parte alta, como Trujillo o Cáceres, ambos de origen prerromano. Badajoz por su parte no es el caso, posiblemente al no tratarse de un castro celtíbero de importancia, o al menos no tenemos pruebas arqueológicas suficientes para pensar que lo fue. 

Sí se han descubierto diferentes elementos escultóricos de ascendencia romana y tardoantigua esparcidos por el entorno de la Alcazaba. Ante esto se ha valorado y planteado con fuerza el que no sean originarios de la propia Badajoz, sino que procediesen de Mérida, traídos con cierto valor simbólico en el momento en el que la primera relevó a la segunda, durante el siglo IX. Es más que común y frecuente la reutilización de este tipo de elementos. Pese a esto, otros restos arqueológicos no encuentran una justificación tan clara para su traslado, pero que tampoco son tan relevantes como para demostrar la existencia de un enclave urbano, aunque sí de un asentamiento rural. Hablamos de elementos epigráficos y vestigios cerámicos y numismáticos pertenecientes a la cultura romana descubiertos en el entorno de la actual ciudad. Hay que tener en cuenta que el Cerro de la Muela está ocupado por el Alcazaba, y este, de momento, dificulta el descubrimiento de datos que nos resuelvan las incógnitas planteadas.


Todo parece indicar por tanto que el asentamiento localizado en Badajoz estaba formado por una o varias villas con población adscrita a su dominio, en forma de una pequeña aldea perteneciente al dominio de la villa. Favorecido por la presencia de la calzada y el trasiego de viajeros que necesitasen cruzar el Guadiana. Augusta Emérita (Mérida) quedaría como referente urbano de esta pequeña población.


Bien, respondida la cuestión de si hubo alguna población romana, debemos preguntarnos ahora qué fue de ella. El siglo V resultaría ser una época de crisis y hostilidad, dándose la caída del imperio romano. Muchas villas y asentamientos urbanos se despoblarán quedando reducidos a aldeas (vicus), pues la gente buscará protección, principalmente en las alturas, y junto a vías importantes, abandonandose principalmente asentamientos en el llano. Badajoz cumplía esas condiciones. Sobre la época visigoda, que siguió a la romana, tenemos un gran registro arqueológico decorativo así como una necrópolis que nos muestran que Badajoz siguió poblada durante este periodo, aunque no seguiría siendo así…


Volviendo a la fundación musulmana de la actual Badajoz, el cronista árabe Ibn Adari dice: “Y le permitió el emir que se fuera a Batalyós y se estableciera allí, que entonces era una aldea". Ibn Ayyan por su parte relata: "Que se bajara a Batalyós, que entonces estaba deshabitado, y lo construyera para él y su gente"; y de igual manera Al-Razi dice: "Que salga de Alange con su gente y se fuera al castillo de Batalyós, que esos días estaba abandonado". De esto concluimos que cuando Ibn Marwán se dirigió a la actual Badajoz, la aldea visigoda de nombre Batalyós supuestamente, se encontraba despoblada. Los motivos exactos los desconocemos.


En cuanto al nombre actual de Badajoz, este procede de Batalyaws, que a su vez procede de Batalyós, mencionado por los cronistas árabes. Esta conversión muestra los rasgos típicos de la adaptación de un vocablo (topónimo o antropónimo) de origen no árabe a la fonética árabe  (ejemplos son Zaragoza o Sevilla). Esto desmiente la tradicional teoría de que Batalyaws procede de "balad al-yawz" (tierra de nogales), como sugería Fray Diego de Guadix en 1593, o tambíen la de que signfica "balad al-lawz" (tierra de almendros), sugerido por autores más modernos. El origen etimológico del nombre de la ciudad y provincia, resulta un misterio complicado de resolver. Una teoría con bastante fuerza aunque poco extendida sería la planteada por el historiador Matías Ramón Martínez, quién plantea que Batalyós procede de un nombre antropónimo hispanorromano, del que sería un propietario agrícola del asentamiento romano presente en la actual Badajoz. Cuyo nombre pasaría a designar el de la villa o aldea. Concretamente propone Battalus, un nombre romano que conocemos por un testimonio epigráfico encontrado en el norte de España, teniendo solo uno lamentablemente. Si bien esta teoría se enfrenta a diferentes dificultades, sin duda podría ser cierta. No sería la primera ciudad española cuyo nombre se habría formado de esta forma según hipótesis bien aceptadas. Jaén por ejemplo, procedería de Gaiena, "la villa de Gaius".


Nada tiene que ver el pasado romano de la ciudad de Badajoz con el de la provincia, la cual a diferencia de la capital cuenta con un rico registro de vestigios de época romana. Siendo el baluarte de estos la importante ciudad de Mérida. Además encontramos por ejemplo diferentes villas como La villa romana de Pesquero (siglos I-V), en el término municipal de Pueblonuevo del Guadiana, la de Las Tomas (siglos I y II) y La villa romana La Cocosa, (siglos I-IV) situada a unos 16 kilómetros de Badajoz por la carretera de Valverde de Leganés. Lamentablemente, se encuentran en un muy mal estado de conservación. 


Villa romana La Cocosa. Historia romana Badajoz

Vista aérea de la Villa romana de La Cocosa 

Aún así, Badajoz, junto a Cáceres,  forma una comunidad con un gran y rico pasado romano, Extremadura, donde amapolas florecen a las orillas del Guadiana entre los ecos del pasado, fruto del paso del tiempo. Tiempo por donde ya desde época romana “todos vamos dejando versos y nostalgias”.



-Bibliografía: 


Poema "Badajoz" de Jesús Delgado Valhondo,  Ed. Hoy (Badajoz, 20-6-75) (enlace a la página web donde lo obtuve)


-Pax Agusta -Página Real Academia de Extremadura (enlace)


-Conferencia "Los orígenes de la fundación de Badajoz" de XIV JORNADAS ARTILLERAS EN EXTREMADURA (enlace a la página web donde lo obtuve)


-Aproximación al conocimiento del Badajoz romano" de Jesús Cánovas Pessini y Fernando Valdés Fernández. Universidad Autónoma de Madrid (1979) (enlace)


-"Matías Ramón Martínez y el nombre de Badajoz. Su fundamentación histórico-arqueológica a partir de un nuevo tipo toponímico" por Rafael Sabio González. Revista de Estudios Extremeños, 2018, Tomo LXXIV, No. II, pp. 853-880. (enlace)


-"El oppidum de Badajoz. Ocupaciones prehistóricas en La Alcazaba" de Luis Berrocal- Rangel. Universidad Complutense de Madrid (1994). (enlace)


Efialtes, el traidor de las Termópilas

 


Ilustración superior de Arte Asgerd. Ilustración inferior de Steve Noon


Toda gran historia suele tener entre sus líneas un gran acto de traición, y la batalla de las Termópilas no es una excepción. Todos conocemos la gran hazaña que llevaron a cabo los griegos en aquella batalla, al igual que el fin de sus días llegó acompañado de la traición de un hombre llamado Efialtes, que desveló a los persas un camino hacia la retaguardia del ejército griego. Pero, ¿qué sabemos de él y qué hay de cierto en su historia?

Para conocer a esta desconocida figura debemos irnos al libro VII de Historias de Heródoto. Allí, el autor griego nos relata lo siguiente. Estando confuso el rey persa sobre qué hacer, ya que los griegos resistían con éxito, se le presentó en audiencia un tal Efialtes (Nombre traducido curiosamente a "La pesadilla"), hijo de Euridemo, de patria meliense. Los melios eran una tribu griega asentada en la región de Tesalia, cuya ciudad más importante era Traquinia. Esto coincide con lo que nos cuenta Diodoro, quien no da nombre al traidor griego sino que sólo nos indica que era de Traquinia. Si bien esto puede parecer que da veracidad a lo que nos cuenta Heródoto, Diodoro es un autor del siglo I a. C., es decir, de alrededor de 400 años después, el cual bebe directamente de autores como el propio Heródoto. 

Volviendo al pasaje, Efialtes les habló a los persas de la existencia de la senda Anopea, un camino de montaña que partía antes del comienzo del paso, trepando por el curso del río Adopo hasta lo alto del monte Calídromo, y que permitía del descenso junto a la costa en las cercanías de Alpeno, en la retaguardia griega (Hdt. VII.216). Su motivación no era más que salir bien recompensado. La imagen de Efialtes como un jorobado deforme que solo busca vengarse de los espartanos tras no ser aceptado por estos, la cual aparece en la película 300, es falsa. 



Efialtes guiando a los persas por la senda Anopea. 
Grabado anónimo de 1893, obtenido  de akg images


Temiendo la venganza de los lacedemonios, Heródoto nos cuenta que huyó a Tesalia, a su tierra natal. Además, los griegos en asamblea (hablamos de la Anfictionía), le pusieron precio a su cabeza. Tiempo después, habiendo vuelto a la ciudad de Anticira, murió a manos de de Atenades, natural de Traquinia. Cabe destacar aquí que Heródoto nos cuenta que se restituyó a Anticira, por lo cual podría ser el lugar donde vivía cuando desveló el sendero a los persas, sin desmentir que fuese natural de Traquina como dice Diodoro y como probablemente fuere, al igual que su asesino. En cuanto a este, no se nos dice más que su identificación. Su motivación para asesinar a Efialtes se nos dice lo siguiente: “... si bien es verdad que Atenades le quitó la vida por cierto motivo, como yo en otro lugar explicaré, con todo, no se lo premiaron menos los Lacedemonios…” (Hdt. VII. 216).

Mencionemos también lo que Heródoto nos cuenta a continuación, que también es de gran importancia. El autor griego nos dice que hay otra versión donde son Onetes, hijo de Fanágoras, y Coridalo, natural de Anticira, quienes en vez de un tal Efialtes, desvelan el camino a los persas. ¿Qué hay de cierto en esta versión? El propio Heródoto nos dice que no se la cree, pues la Anfictionía puso precio por la cabeza de Efialtes y no por la de los otros, y él, el autor, confía plenamente en su juicio.

Por último, sería un error hablar de Efialtes como aquel que dió la victoria a los persas, porque si bien adelantó lo que podría considerarse inevitable, los exploradores persas acabarían encontrando una ruta para rodear a los griegos liderados por Leónidas, con ayuda de Efialtes o no, o al menos en eso coinciden gran parte de los historiadores actuales. 


¿Un traidor?

Efialtes ha pasado a la historia como el gran architraidor para los griegos, y esa imagen ha llegado incluso hasta nuestros días. Sin embargo, si atendemos a un juicio más objetivo, no podemos hablar de un caso claro de traición. Si hiciésemos una lista con los nombres de todos aquellos griegos que ayudaron a los persas, tardaríamos bastante en acabarla. Sin irnos más lejos de la propia segunda guerra médica, Jerjes contaba con sus propios consejeros griegos. Además, si bien los griegos tenían un sentimiento de pertenencia hacia una misma cultura o identidad, no hablamos de una nación unida ni un mismo país. Los propios griegos como bien es sabido se enfrentaban constantemente entre ellos. Por otro lado, Efialtes parece ser que procedía de Tesalia, una región que había caído ante el Imperio persa pasando a la sumisión por no haber recibido ayuda, al igual que muchas otras ciudades del norte de las Termópilas que se rindieron. Y es más, los propios espartanos se aliarán con frecuencia con los persas para hacer frente a Atenas entre otras polis. Ahora bien, el hecho de que fuese un griego, cuya patria había sido sometida por el invasor, quién ayudase a estos a vencer al ejército griego reunido a cambio de una recompensa, es perfectamente considerable un acto de traición para un griego de la época. 


Bibliografía:

-Historias Libro VII Heródoto

-Biblioteca histórica Libro XI Diodoro de Sicilia. Gredos.

-La batalla de las Termópilas. Desperta Ferro Antigua y medieval, Nº 67. 





Las águilas robadas de Teutoburgo y su recuperación

 



Ilustración superior de Radu Oltean para Desperta Ferro. Cuadro de la parte
inferior "Germanicus after the Disaster of Varus" de Lionel-Noël Royer



Aquellos trágicos días de septiembre del año 9 d. C. acabaron con la aniquilación de las tres legiones allí presentes, las Legio XVII, XVIII y XIX. además de la desaparición de sus tres emblemas principales, las aquilae. La batalla de los bosques de Teutoburgo ha pasado a la historia como una de los grandes desastres que sufrió Roma. Culpable de ello es sin duda la pérdida de tres de sus célebres águilas, y es que el robo de estos estandartes suponía una clara humillación tanto para los propios legionarios que debían defenderla como para el poder político de Roma y su pueblo. 

El historiador Anneo Floro nos relata que, siendo la derrota tan cierta como inminente, “antes de que la tercera (águila) fuera robada, el portaestandarte la sacó de la pica, y envolviéndola en su tahalí, la sumergió en el fondo de un pantano ensangrentado (Floro, Epitoma II.30.38; trad. Eloy Díaz Jiménez). Las otras dos, ya se encontraban en manos germanas…En los años sucesivos a la catástrofe, la recuperación de las águilas se convirtió en una misión de gran importancia para el Estado, siendo clave para la restauración del orgullo nacional. Pérdidas en los inmensos y desconocidos bosques de Germania, su “rescate” suponía todo un reto. ¿Conseguirá el poderoso imperio romano recuperar las tres águilas?



Grupo de legionarios defienden una de las águilas en el caos de la batalla. 
Ilustración de Pablo Outeiral


La primera de las águilas robadas volvería a manos romanas en el 14 d. C., durante las campañas de Germánico. Según nos cuenta Tácito en Anales, al general Gayo Silio, quien se encontraba a las órdenes de Germánico, se le revela la localización de una de las águilas. El responsable de ello es Malovendo, el jefe de los marsos, quienes entonces se encontraban en guerra con Roma. Este, le indica que en un bosque sagrado cercano se halla enterrada un águila de una legión de Varo, protegida además solo por una guardia reducida. Cabe destacar aquí como los propios germanos esconden el águila en un bosque sagrado y además lo protegen, aunque sea de forma leve. Estos sabían de la importancia del águila y sobre todo de su carácter sagrado y religioso. Volviendo a su recuperación, Gayo Silio mandó rápidamente a algunas de sus tropas a atraer al enemigo al frente para, por la espalda, otros excavasen con éxito el águila.

Al año siguiente, aparecería la segunda. Tácito también nos relata su recuperación. Envíado por Germánico, Lucio Estertinio, junto con una tropa ligera, encontró el águila de la legión XIX entre el botín conseguido tras derrotar a los brúcteros. La tercera, la única que faltaba, no aparecía. Tal vez fuese aquella que según nos relató Aneo Floro, fue lanzada al fondo de un pantano para evitar su captura, y por ello tardó tanto en aparecer, porque aparecer apareció, aunque no se sabe como. El historiador Dion Casio, que escribe casi 200 años después, afirma que la tercera águila fue recobrada por Publio Gabinio en el 41 d. C., bajo el reinado de Claudio. 

¿Qué hay de cierto en estos relatos? No lo sabemos. Tal vez sean fruto de la propaganda y no de la realidad, tal vez de ambos. Lo que sí es cierto es la gran importancia que daba Roma a este tipo de estandarte o emblema, y sobre todo a su recuperación.



Bibliografía:

-Teutoburgo. Desperta Ferro Antigua y medieval, Nº 39. Artículo "Las águilas de Varo" por Eduardo Kavanagh


La mujer en la antigua Grecia

 


Ilustración superior de ªRU-MOR



Uno de los rasgos culturales más significativos de la cultura griega era la mala posición de la mujer en la sociedad. Estas, junto a los esclavos, constituyeron el otro gran colectivo marginado de la vida política y social. Las niñas y las jóvenes no recibían la misma educación que los hombres. Su vida transcurría en gran parte en el interior de la casa, confinadas a los cuidados de su madre, de sus tías o de las esclavas y aprendían tareas domésticas como el hilado, la preparación de la comida, o la administración de la casa. Les eran transmitidos relatos de tradición mítica así como algo de aritmética, lo cual le serviría en su vida adulta para administrar la economía doméstica. En Atenas, también se les enseñaba a leer y escribir.

Su conversión en adultas llegaba con el matrimonio en torno a los quince años de edad, mediante el cual la tutela de la joven pasaba del padre al marido. Este constituía una forma de control de la mujer por parte del varón, el cual había entrado ya en la cuarentena a la hora del matrimonio.

Las mujeres eran excluidas de actividades sociales como el simposio y no era frecuente que acudieran al ágora, donde los hombres solían encontrarse para realizar las compras del día o simplemente charlar entre sí. Pasaban las horas del día reunidas en lugares muy determinados como el lavadero o el telar, donde realizaban algunas de las actividades principales que les estaban encomendadas. La posición de la mujer se veía altamente condicionada por su carácter pasivo en la defensa de la comunidad y por formar parte del botín de guerra de los vencedores. Sin embargo, las mujeres ocupaban un papel importante en el aspecto religioso en su papel de sacerdotisas  de determinados cultos. Existían incluso  festivales a los que los hombres no tenían acceso, y muchos de los dioses más poderosos eran mujeres, como Atenea o Afrodita.

La actitud del hombre  hacia la mujer estaba compuesta por una extraña mezcla de superioridad y temor. Para ellos, el poderoso atractivo de la sexualidad femenina era capaz de imponer su dominio sobre el varón con asombrosa facilidad. Dentro de una cultura que consideraba la moderación como uno de los principales valores, esto no podía permitirse. El intento de sublimar la virginidad femenina para que la mujer no provocase al hombre, se tradujo en la imagen de diosas vírgenes como Atenea, que además tenía notables características masculinas como su papel en la guerra.


Las mujeres en la cultura griega, en la antigüedad



La mujer espartana

En Esparta, la situación de la mujer era algo diferente. Las hijas pequeñas de los homoioi se mantenían al margen de la educación de sus hermanos, sin embargo sí recibían una educación elemental y un aprendizaje de los valores cívicos de la comunidad. A diferencia de en el resto de las polis griegas, no eran adiestradas para realizar tareas domésticas, pues estas eran ocupaciones que se consideraban serviles o impropias de mujeres libres. Esto no se debía por considerar a la mujer igualitaria al hombre, si no como superior al resto de griegos, ya que era espartana. La educación espartana de las jóvenes consistía en ejercicios físicos realizados al aire libre, con el fin de prepararlas para la procreación de niños robustos y sanos. Como vemos, el hecho de que las mujeres libres recibiesen  una educación más allá de centrarse en tareas serviles, seguía siendo un reflejo del machismo presente en Grecia, pues era para dar a luz a hombres fuertes y sanos.



Bibliografía:

-La mujer en Grecia. Desperta Ferro Arqueología e Historia, Nº 11
-Richer, N., (20209, Esparta. Ciudad de las artes, las armas y las leyes. Madrid, España: Editorial Edaf S.L.U

-S. Ruiperez, M., Tovar, A., (1979). Historia de Grecia. Historia de la humanidad. Barcelona, España: Montanter y Simón, S. A.

-Gómez Espelosín, Francisco Javier., (2016). Historia de Grecia en la Antigüedad. Madrid, España: Ediciones Akal, S. A.


El color púrpura y su origen

 


Ilustración superior obtenida  de National Geographic, cuadro de la parte inferior 
Dolce Far niente de John William Godward, 1906


Todos sabemos que el púrpura siempre fue un color relacionado con las altas clases en la antigüedad, y siempre característico de los emperadores romanos. ¿Pero cuál es el origen de esto y el por qué?

Su origen se remonta a los fenicios. Estos eran conocidos por su gran hegemonía comercial en el Mediterráneo. La ciudad de Tiro fue un gran ejemplo de ello, siendo uno de los epicentros económicos gracias a una industria algo peculiar, la industria tintorera. Según la leyenda, fue el dios Melqart quién descubrió que de la matanza de unos caracoles carnívoros, cuyo nombre es murex brandaris, surgía un tinte de color púrpura rojizo. Esto no es más que una leyenda, pero lo cierto es que los fenicios explotaron  la comercialización de este tinte, llegando a llamarse púrpura de Tiro. En griego, el término phoínx, usado para referirse al conjunto de ciudades-estado de la costa del levante Mediterráneo, podía usarse para referirse al color púrpura rojizo ¿Pero porque era usado sólo por las altas clases? La fabricación de este tinte era muy costosa. Se necesitaban matar al menos 12,000 murex para producir 1,4 gramos de tinta. Además, para producir este tinte no solo bastaba con machacar a estos moluscos, sino que se deben dejar pudrirse para obtener el color deseado. Esto producía un olor insoportable de putrefacción que provocaba que fuese más compleja la obtención del tinte y que las fábricas tuvieran que encontrarse fuera de las ciudades. Incluso se crearon numerosas colonias fenicias solo para ello, como Almuñécar en España. Este difícil y caro método de obtención dió lugar a que las prendas púrpuras fuesen muy costosas en el mercado y pudieran permitirselas muy pocas personas. Esto dió lugar a que poco a poco el color púrpura se pusiese de moda entre los más ricos, convirtiéndose en el color característico de poder y riquezas.

Durante el siglo IV a. C., tras la toma de Tiro por parte de Alejandro Magno, la fabricación y comercio de este tinte iría apagándose. Posteriormente, el Imperio romano se apropiaría de sus dominios resucitando su producción. Su uso se limitó principalmente al Senado y más tarde a los emperadores e incluso en cierto momento se llegó a prohibir para  cualquier persona que no fuese el emperador o miembro de la familia real. 




Mosaico donde se aprecia un murex (Desconozco su ubicación)




El imperio romano en el siglo II d. C.

 


Ilustración inferior de Giuseppe Rava

Política y sociedad

Al principio del siglo II d. C. el imperio romano vivió el periodo de máximo esplendor y apogeo de toda su historia. Se trata de una etapa de grandeza excepcional. Roma, que había sido víctima de una enorme expansión, se enfrentaba a una nueva suerte de comunidad política, económica, social y cultural así como era testigo de una enorme diversidad religiosa perteneciente a todo el Mediterráneo y tierras vecinas. El beatissimum saeculum (felicísimo siglo), como algunos historiadores bautizaron al siglo, fue, presumiblemente, un periodo de paz. en el que, sin embargo, los gastos militares se duplicaron y el ejército vivió una época dorada, venciendo en numerosas guerras y guardando las ahora extensísimas fronteras. El Imperio, que se había constituido como el resultado de la dominación de los ciudadanos romanos, de origen itálico, vivió, no ya el despertar, sino la pujanza de las provincias y, con ella, la progresiva integración social y política de los provinciales. Hablamos por tanto de una etapa donde las provincias cobraron enorme importancia a la vez que experimentaban grandes cambios. Este proceso de integración alteró profundamente las estructuras políticas de la dominación, así como la realidad social de la oligarquía que gobernaba el Imperio. Si bien antes se había producido un proceso de conquista militar, ahora habría una conquista más de carácter cultural en busca de la integración y la romanización. Obviamente, este proceso de integración política, social, cultural y también religiosa, no produjo resultados homogéneos en el Imperio, pero sí fue capaz de articular una comunidad que finalmente adquirió plena naturaleza política con la Constitutio Antoniniana.

Uno de los grandes cambios que experimentó la estructura de gobierno fue el aumento del personal de la administración imperial, llegando la infraestructura a complicarse sobremanera. Trajano por su parte gobernó con un grupo de consejeros fieles y capaces, y más tarde Adriano llegó a transformar al Consilium Principis en órgano de consulta regular, reduciendo al Senado sus competencias. La reorganización administrativa emprendida por este emperador, proceso ya iniciado con Trajano, implicó una creciente injerencia del Estado en los asuntos locales, llegando incluso a privar al Senado de la administración de Italia. Además lo sustituyó por un Consejo Imperial. El poder central consideró su deber interesarse por todo y creó y perfeccionó la jerarquía de funcionarios, que proveyó al Imperio de una magna y perfecta máquina de gobierno y envió comisarios especiales a las provincias (correctores) y a las ciudades (curatore para cuidar de las finanzas. La gran máquina funcionó bien en el siglo I d. C., regida por la firma y personal dirección autocrática del príncipe.

El siglo II d. C. consiguió llevar casi a término la nivelación iniciada en el siglo anterior. La centralización impulsada por el emperador, actuando por la fuerza del poder autocrático, contribuyó a debilitar primero y a ahogar después la vida autónoma local. Por otra parte, la misma base de la sociedad era la que intentaba, romanizándose, unificarse según un modo de vida civil considerado como definitivo. Es decir, mientras el emperador y el estado romano restaba poder a las muchas oligarquías locales de las provincias, eran en muchos casos, además de estas mismas, los propios provinciales quienes buscaban “convertirse” en romanos. La ciudadanía era cada vez más extendida, la adecuación universal de las leyes, las mismas costumbres, y la extensión del uso del latín como lengua eran algunos de los aspectos más importantes propios de la unificación realizada en el mundo civil. Por otro lado, la sociedad, se vio nivelada cada vez más políticamente y con posibilidades de ascender en la administración imperial, aunque se conservó, no obstante, netos los límites de las clases, ya que la conservación social significaba la conservación del estado.

Mapa del imperio romano bajo Trajano en el 117 d. C.

Mapa del imperio romano bajo Trajano en el 117 d. C.


Aspecto militar

El ejército romano alcanzó en el siglo II d. C. posiblemente uno de sus mayores momentos de esplendor. Este se había convertido en una perfecta máquina militar y prueba de ello es que el imperio alcanzara su máxima expansión territorial bajo Trajano. Por otro lado, si bien se considera que fue un gran periodo de paz, no hubo menos conflictos, sin ir más lejos, que el siglo anterior. Trajano llevó a cabo varios campañas militares destacando la de Tracia, para la cual concentró cerca de 100.000 hombres, unas doce legiones, más de un tercio del ejército de Roma, siendo este el despliegue militar más grande desde los tiempos de Augusto. Su sucesor, Adriano, optó por una estrategia de carácter defensivo, consolidando las fronteras del Imperio. Sin embargo, no descuidó al ejército en ningún caso, todo lo contrario, pues introdujo reformas militares como aumentar el tiempo de entreno. También ordenó la construcción de numerosas fortificaciones defensivas destacando el gran muro de Adriano, e hizo frente a varias rebeliones como la de Bar Kojba, en Judea.  También, si nos vamos a Marco Aurelio, veremos gran cantidad de conflictos militares, principalmente contra expediciones e invasiones externas de pueblos como marcomanos, cuados, sármatas, o mauritanos.



Religión

Acompañando los grandes cambios sociales que sufrió el imperio romano, encontramos también numerosos cambios religiosos. Si bien existía desde antes, en el siglo II d. C. el culto imperial, es decir, el culto al emperador, cobrará una enorme fuerza. Servirá tanto como para aumentar la autoridad y legitimación del emperador como un magnífico elemento de cohesión social y religioso en las provincias romanas. Este tipo de culto tendrá también un enorme éxito en el ejército romano, desde donde se introducirá en el imperio el culto a Mitra. En este siglo veremos la aparición de religiones mistéricas como la recién mencionada en la cultura romana, todas procedentes de Grecia y las regiones orientales. Por último, no podemos olvidar el cristianismo, que si bien estaba lejos de la popularidad de otras religiones empezaba a cobrar algo de fuerza y se iba asentando por todos los territorios del imperio.


El culto religioso a los emperador romanos

Pintura de un lararium (pequeño altar religioso dedicado a dioses del hogar) 
con la figura del emperador en el centro. Casa de los Vettii  (Pompeya, Italia).




Prosperidad y declive

Clave en que el siglo II d. C fuera uno de los mejores para el Imperio romano fue la gran gestión administrativa y la intervención política tanto exterior como interior que llevaron a cabo emperadores como Adriano o Trajano, siendo con este último cuando el imperio alcanzó su máxima expansión. Sin embargo, la llegada de Cómodo al trono acabó con ello, entrando Roma en un periodo de inestabilidad que acabará con la llegada de la famosa “Crisis del siglo III”.  Más luces que sombras en un siglo que se convirtió en el posiblemente  mejor de la historia de la Roma antigua pero que también trajo consigo el comienzo de la caída del principado.





Fuentes clásicas:

HA, Hadr.

HR, Cass. Dio, LXIX y LXX


Bibliografía:

E. Deschler-Erb, “El cénit del poder”, Desperta Ferro Especiales XIII (2018) 6-11.

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F. Lozano, “La promoción social a través del culto a los emperadores: el caso de Tiberio
Claudio Novio en Atenas”, Habis 38 (2007) 185-203.

J. Cortés, “Paideía e Imperio: Una reflexión sobre el valor de la cultura como fundamento del
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J. Garzón, “Los antoninos: Análisis de la actuación imperial en la política romana del siglo II d. C. “, Baetica. Estudios de Arte, Geografía e Historia 12 (1989) 153-165

J. Osgood, Roma. La creación del estado mundo (Madrid, 2019).

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M. Beard, SPQR. Una historia de la antigua Roma (Barcelona, 2016).

S. Dando Collins, Legiones de Roma. La historia definitiva de todas las legiones imperiales
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