Efialtes, el traidor de las Termópilas

 


Ilustración superior de Arte Asgerd. Ilustración inferior de Steve Noon


Toda gran historia suele tener entre sus líneas un gran acto de traición, y la batalla de las Termópilas no es una excepción. Todos conocemos la gran hazaña que llevaron a cabo los griegos en aquella batalla, al igual que el fin de sus días llegó acompañado de la traición de un hombre llamado Efialtes, que desveló a los persas un camino hacia la retaguardia del ejército griego. Pero, ¿qué sabemos de él y qué hay de cierto en su historia?

Para conocer a esta desconocida figura debemos irnos al libro VII de Historias de Heródoto. Allí, el autor griego nos relata lo siguiente. Estando confuso el rey persa sobre qué hacer, ya que los griegos resistían con éxito, se le presentó en audiencia un tal Efialtes (Nombre traducido curiosamente a "La pesadilla"), hijo de Euridemo, de patria meliense. Los melios eran una tribu griega asentada en la región de Tesalia, cuya ciudad más importante era Traquinia. Esto coincide con lo que nos cuenta Diodoro, quien no da nombre al traidor griego sino que sólo nos indica que era de Traquinia. Si bien esto puede parecer que da veracidad a lo que nos cuenta Heródoto, Diodoro es un autor del siglo I a. C., es decir, de alrededor de 400 años después, el cual bebe directamente de autores como el propio Heródoto. 

Volviendo al pasaje, Efialtes les habló a los persas de la existencia de la senda Anopea, un camino de montaña que partía antes del comienzo del paso, trepando por el curso del río Adopo hasta lo alto del monte Calídromo, y que permitía del descenso junto a la costa en las cercanías de Alpeno, en la retaguardia griega (Hdt. VII.216). Su motivación no era más que salir bien recompensado. La imagen de Efialtes como un jorobado deforme que solo busca vengarse de los espartanos tras no ser aceptado por estos, la cual aparece en la película 300, es falsa. 



Efialtes guiando a los persas por la senda Anopea. 
Grabado anónimo de 1893, obtenido  de akg images


Temiendo la venganza de los lacedemonios, Heródoto nos cuenta que huyó a Tesalia, a su tierra natal. Además, los griegos en asamblea (hablamos de la Anfictionía), le pusieron precio a su cabeza. Tiempo después, habiendo vuelto a la ciudad de Anticira, murió a manos de de Atenades, natural de Traquinia. Cabe destacar aquí que Heródoto nos cuenta que se restituyó a Anticira, por lo cual podría ser el lugar donde vivía cuando desveló el sendero a los persas, sin desmentir que fuese natural de Traquina como dice Diodoro y como probablemente fuere, al igual que su asesino. En cuanto a este, no se nos dice más que su identificación. Su motivación para asesinar a Efialtes se nos dice lo siguiente: “... si bien es verdad que Atenades le quitó la vida por cierto motivo, como yo en otro lugar explicaré, con todo, no se lo premiaron menos los Lacedemonios…” (Hdt. VII. 216).

Mencionemos también lo que Heródoto nos cuenta a continuación, que también es de gran importancia. El autor griego nos dice que hay otra versión donde son Onetes, hijo de Fanágoras, y Coridalo, natural de Anticira, quienes en vez de un tal Efialtes, desvelan el camino a los persas. ¿Qué hay de cierto en esta versión? El propio Heródoto nos dice que no se la cree, pues la Anfictionía puso precio por la cabeza de Efialtes y no por la de los otros, y él, el autor, confía plenamente en su juicio.

Por último, sería un error hablar de Efialtes como aquel que dió la victoria a los persas, porque si bien adelantó lo que podría considerarse inevitable, los exploradores persas acabarían encontrando una ruta para rodear a los griegos liderados por Leónidas, con ayuda de Efialtes o no, o al menos en eso coinciden gran parte de los historiadores actuales. 


¿Un traidor?

Efialtes ha pasado a la historia como el gran architraidor para los griegos, y esa imagen ha llegado incluso hasta nuestros días. Sin embargo, si atendemos a un juicio más objetivo, no podemos hablar de un caso claro de traición. Si hiciésemos una lista con los nombres de todos aquellos griegos que ayudaron a los persas, tardaríamos bastante en acabarla. Sin irnos más lejos de la propia segunda guerra médica, Jerjes contaba con sus propios consejeros griegos. Además, si bien los griegos tenían un sentimiento de pertenencia hacia una misma cultura o identidad, no hablamos de una nación unida ni un mismo país. Los propios griegos como bien es sabido se enfrentaban constantemente entre ellos. Por otro lado, Efialtes parece ser que procedía de Tesalia, una región que había caído ante el Imperio persa pasando a la sumisión por no haber recibido ayuda, al igual que muchas otras ciudades del norte de las Termópilas que se rindieron. Y es más, los propios espartanos se aliarán con frecuencia con los persas para hacer frente a Atenas entre otras polis. Ahora bien, el hecho de que fuese un griego, cuya patria había sido sometida por el invasor, quién ayudase a estos a vencer al ejército griego reunido a cambio de una recompensa, es perfectamente considerable un acto de traición para un griego de la época. 


Bibliografía:

-Historias Libro VII Heródoto

-Biblioteca histórica Libro XI Diodoro de Sicilia. Gredos.

-La batalla de las Termópilas. Desperta Ferro Antigua y medieval, Nº 67. 





Las águilas robadas de Teutoburgo y su recuperación

 



Ilustración superior de Radu Oltean para Desperta Ferro. Cuadro de la parte
inferior "Germanicus after the Disaster of Varus" de Lionel-Noël Royer



Aquellos trágicos días de septiembre del año 9 d. C. acabaron con la aniquilación de las tres legiones allí presentes, las Legio XVII, XVIII y XIX. además de la desaparición de sus tres emblemas principales, las aquilae. La batalla de los bosques de Teutoburgo ha pasado a la historia como una de los grandes desastres que sufrió Roma. Culpable de ello es sin duda la pérdida de tres de sus célebres águilas, y es que el robo de estos estandartes suponía una clara humillación tanto para los propios legionarios que debían defenderla como para el poder político de Roma y su pueblo. 

El historiador Anneo Floro nos relata que, siendo la derrota tan cierta como inminente, “antes de que la tercera (águila) fuera robada, el portaestandarte la sacó de la pica, y envolviéndola en su tahalí, la sumergió en el fondo de un pantano ensangrentado (Floro, Epitoma II.30.38; trad. Eloy Díaz Jiménez). Las otras dos, ya se encontraban en manos germanas…En los años sucesivos a la catástrofe, la recuperación de las águilas se convirtió en una misión de gran importancia para el Estado, siendo clave para la restauración del orgullo nacional. Pérdidas en los inmensos y desconocidos bosques de Germania, su “rescate” suponía todo un reto. ¿Conseguirá el poderoso imperio romano recuperar las tres águilas?



Grupo de legionarios defienden una de las águilas en el caos de la batalla. 
Ilustración de Pablo Outeiral


La primera de las águilas robadas volvería a manos romanas en el 14 d. C., durante las campañas de Germánico. Según nos cuenta Tácito en Anales, al general Gayo Silio, quien se encontraba a las órdenes de Germánico, se le revela la localización de una de las águilas. El responsable de ello es Malovendo, el jefe de los marsos, quienes entonces se encontraban en guerra con Roma. Este, le indica que en un bosque sagrado cercano se halla enterrada un águila de una legión de Varo, protegida además solo por una guardia reducida. Cabe destacar aquí como los propios germanos esconden el águila en un bosque sagrado y además lo protegen, aunque sea de forma leve. Estos sabían de la importancia del águila y sobre todo de su carácter sagrado y religioso. Volviendo a su recuperación, Gayo Silio mandó rápidamente a algunas de sus tropas a atraer al enemigo al frente para, por la espalda, otros excavasen con éxito el águila.

Al año siguiente, aparecería la segunda. Tácito también nos relata su recuperación. Envíado por Germánico, Lucio Estertinio, junto con una tropa ligera, encontró el águila de la legión XIX entre el botín conseguido tras derrotar a los brúcteros. La tercera, la única que faltaba, no aparecía. Tal vez fuese aquella que según nos relató Aneo Floro, fue lanzada al fondo de un pantano para evitar su captura, y por ello tardó tanto en aparecer, porque aparecer apareció, aunque no se sabe como. El historiador Dion Casio, que escribe casi 200 años después, afirma que la tercera águila fue recobrada por Publio Gabinio en el 41 d. C., bajo el reinado de Claudio. 

¿Qué hay de cierto en estos relatos? No lo sabemos. Tal vez sean fruto de la propaganda y no de la realidad, tal vez de ambos. Lo que sí es cierto es la gran importancia que daba Roma a este tipo de estandarte o emblema, y sobre todo a su recuperación.



Bibliografía:

-Teutoburgo. Desperta Ferro Antigua y medieval, Nº 39. Artículo "Las águilas de Varo" por Eduardo Kavanagh


La mujer en la antigua Grecia

 


Ilustración superior de ªRU-MOR



Uno de los rasgos culturales más significativos de la cultura griega era la mala posición de la mujer en la sociedad. Estas, junto a los esclavos, constituyeron el otro gran colectivo marginado de la vida política y social. Las niñas y las jóvenes no recibían la misma educación que los hombres. Su vida transcurría en gran parte en el interior de la casa, confinadas a los cuidados de su madre, de sus tías o de las esclavas y aprendían tareas domésticas como el hilado, la preparación de la comida, o la administración de la casa. Les eran transmitidos relatos de tradición mítica así como algo de aritmética, lo cual le serviría en su vida adulta para administrar la economía doméstica. En Atenas, también se les enseñaba a leer y escribir.

Su conversión en adultas llegaba con el matrimonio en torno a los quince años de edad, mediante el cual la tutela de la joven pasaba del padre al marido. Este constituía una forma de control de la mujer por parte del varón, el cual había entrado ya en la cuarentena a la hora del matrimonio.

Las mujeres eran excluidas de actividades sociales como el simposio y no era frecuente que acudieran al ágora, donde los hombres solían encontrarse para realizar las compras del día o simplemente charlar entre sí. Pasaban las horas del día reunidas en lugares muy determinados como el lavadero o el telar, donde realizaban algunas de las actividades principales que les estaban encomendadas. La posición de la mujer se veía altamente condicionada por su carácter pasivo en la defensa de la comunidad y por formar parte del botín de guerra de los vencedores. Sin embargo, las mujeres ocupaban un papel importante en el aspecto religioso en su papel de sacerdotisas  de determinados cultos. Existían incluso  festivales a los que los hombres no tenían acceso, y muchos de los dioses más poderosos eran mujeres, como Atenea o Afrodita.

La actitud del hombre  hacia la mujer estaba compuesta por una extraña mezcla de superioridad y temor. Para ellos, el poderoso atractivo de la sexualidad femenina era capaz de imponer su dominio sobre el varón con asombrosa facilidad. Dentro de una cultura que consideraba la moderación como uno de los principales valores, esto no podía permitirse. El intento de sublimar la virginidad femenina para que la mujer no provocase al hombre, se tradujo en la imagen de diosas vírgenes como Atenea, que además tenía notables características masculinas como su papel en la guerra.


Las mujeres en la cultura griega, en la antigüedad



La mujer espartana

En Esparta, la situación de la mujer era algo diferente. Las hijas pequeñas de los homoioi se mantenían al margen de la educación de sus hermanos, sin embargo sí recibían una educación elemental y un aprendizaje de los valores cívicos de la comunidad. A diferencia de en el resto de las polis griegas, no eran adiestradas para realizar tareas domésticas, pues estas eran ocupaciones que se consideraban serviles o impropias de mujeres libres. Esto no se debía por considerar a la mujer igualitaria al hombre, si no como superior al resto de griegos, ya que era espartana. La educación espartana de las jóvenes consistía en ejercicios físicos realizados al aire libre, con el fin de prepararlas para la procreación de niños robustos y sanos. Como vemos, el hecho de que las mujeres libres recibiesen  una educación más allá de centrarse en tareas serviles, seguía siendo un reflejo del machismo presente en Grecia, pues era para dar a luz a hombres fuertes y sanos.



Bibliografía:

-La mujer en Grecia. Desperta Ferro Arqueología e Historia, Nº 11
-Richer, N., (20209, Esparta. Ciudad de las artes, las armas y las leyes. Madrid, España: Editorial Edaf S.L.U

-S. Ruiperez, M., Tovar, A., (1979). Historia de Grecia. Historia de la humanidad. Barcelona, España: Montanter y Simón, S. A.

-Gómez Espelosín, Francisco Javier., (2016). Historia de Grecia en la Antigüedad. Madrid, España: Ediciones Akal, S. A.


El color púrpura y su origen

 


Ilustración superior obtenida  de National Geographic, cuadro de la parte inferior 
Dolce Far niente de John William Godward, 1906


Todos sabemos que el púrpura siempre fue un color relacionado con las altas clases en la antigüedad, y siempre característico de los emperadores romanos. ¿Pero cuál es el origen de esto y el por qué?

Su origen se remonta a los fenicios. Estos eran conocidos por su gran hegemonía comercial en el Mediterráneo. La ciudad de Tiro fue un gran ejemplo de ello, siendo uno de los epicentros económicos gracias a una industria algo peculiar, la industria tintorera. Según la leyenda, fue el dios Melqart quién descubrió que de la matanza de unos caracoles carnívoros, cuyo nombre es murex brandaris, surgía un tinte de color púrpura rojizo. Esto no es más que una leyenda, pero lo cierto es que los fenicios explotaron  la comercialización de este tinte, llegando a llamarse púrpura de Tiro. En griego, el término phoínx, usado para referirse al conjunto de ciudades-estado de la costa del levante Mediterráneo, podía usarse para referirse al color púrpura rojizo ¿Pero porque era usado sólo por las altas clases? La fabricación de este tinte era muy costosa. Se necesitaban matar al menos 12,000 murex para producir 1,4 gramos de tinta. Además, para producir este tinte no solo bastaba con machacar a estos moluscos, sino que se deben dejar pudrirse para obtener el color deseado. Esto producía un olor insoportable de putrefacción que provocaba que fuese más compleja la obtención del tinte y que las fábricas tuvieran que encontrarse fuera de las ciudades. Incluso se crearon numerosas colonias fenicias solo para ello, como Almuñécar en España. Este difícil y caro método de obtención dió lugar a que las prendas púrpuras fuesen muy costosas en el mercado y pudieran permitirselas muy pocas personas. Esto dió lugar a que poco a poco el color púrpura se pusiese de moda entre los más ricos, convirtiéndose en el color característico de poder y riquezas.

Durante el siglo IV a. C., tras la toma de Tiro por parte de Alejandro Magno, la fabricación y comercio de este tinte iría apagándose. Posteriormente, el Imperio romano se apropiaría de sus dominios resucitando su producción. Su uso se limitó principalmente al Senado y más tarde a los emperadores e incluso en cierto momento se llegó a prohibir para  cualquier persona que no fuese el emperador o miembro de la familia real. 




Mosaico donde se aprecia un murex (Desconozco su ubicación)




El imperio romano en el siglo II d. C.

 


Ilustración inferior de Giuseppe Rava

Política y sociedad

Al principio del siglo II d. C. el imperio romano vivió el periodo de máximo esplendor y apogeo de toda su historia. Se trata de una etapa de grandeza excepcional. Roma, que había sido víctima de una enorme expansión, se enfrentaba a una nueva suerte de comunidad política, económica, social y cultural así como era testigo de una enorme diversidad religiosa perteneciente a todo el Mediterráneo y tierras vecinas. El beatissimum saeculum (felicísimo siglo), como algunos historiadores bautizaron al siglo, fue, presumiblemente, un periodo de paz. en el que, sin embargo, los gastos militares se duplicaron y el ejército vivió una época dorada, venciendo en numerosas guerras y guardando las ahora extensísimas fronteras. El Imperio, que se había constituido como el resultado de la dominación de los ciudadanos romanos, de origen itálico, vivió, no ya el despertar, sino la pujanza de las provincias y, con ella, la progresiva integración social y política de los provinciales. Hablamos por tanto de una etapa donde las provincias cobraron enorme importancia a la vez que experimentaban grandes cambios. Este proceso de integración alteró profundamente las estructuras políticas de la dominación, así como la realidad social de la oligarquía que gobernaba el Imperio. Si bien antes se había producido un proceso de conquista militar, ahora habría una conquista más de carácter cultural en busca de la integración y la romanización. Obviamente, este proceso de integración política, social, cultural y también religiosa, no produjo resultados homogéneos en el Imperio, pero sí fue capaz de articular una comunidad que finalmente adquirió plena naturaleza política con la Constitutio Antoniniana.

Uno de los grandes cambios que experimentó la estructura de gobierno fue el aumento del personal de la administración imperial, llegando la infraestructura a complicarse sobremanera. Trajano por su parte gobernó con un grupo de consejeros fieles y capaces, y más tarde Adriano llegó a transformar al Consilium Principis en órgano de consulta regular, reduciendo al Senado sus competencias. La reorganización administrativa emprendida por este emperador, proceso ya iniciado con Trajano, implicó una creciente injerencia del Estado en los asuntos locales, llegando incluso a privar al Senado de la administración de Italia. Además lo sustituyó por un Consejo Imperial. El poder central consideró su deber interesarse por todo y creó y perfeccionó la jerarquía de funcionarios, que proveyó al Imperio de una magna y perfecta máquina de gobierno y envió comisarios especiales a las provincias (correctores) y a las ciudades (curatore para cuidar de las finanzas. La gran máquina funcionó bien en el siglo I d. C., regida por la firma y personal dirección autocrática del príncipe.

El siglo II d. C. consiguió llevar casi a término la nivelación iniciada en el siglo anterior. La centralización impulsada por el emperador, actuando por la fuerza del poder autocrático, contribuyó a debilitar primero y a ahogar después la vida autónoma local. Por otra parte, la misma base de la sociedad era la que intentaba, romanizándose, unificarse según un modo de vida civil considerado como definitivo. Es decir, mientras el emperador y el estado romano restaba poder a las muchas oligarquías locales de las provincias, eran en muchos casos, además de estas mismas, los propios provinciales quienes buscaban “convertirse” en romanos. La ciudadanía era cada vez más extendida, la adecuación universal de las leyes, las mismas costumbres, y la extensión del uso del latín como lengua eran algunos de los aspectos más importantes propios de la unificación realizada en el mundo civil. Por otro lado, la sociedad, se vio nivelada cada vez más políticamente y con posibilidades de ascender en la administración imperial, aunque se conservó, no obstante, netos los límites de las clases, ya que la conservación social significaba la conservación del estado.

Mapa del imperio romano bajo Trajano en el 117 d. C.

Mapa del imperio romano bajo Trajano en el 117 d. C.


Aspecto militar

El ejército romano alcanzó en el siglo II d. C. posiblemente uno de sus mayores momentos de esplendor. Este se había convertido en una perfecta máquina militar y prueba de ello es que el imperio alcanzara su máxima expansión territorial bajo Trajano. Por otro lado, si bien se considera que fue un gran periodo de paz, no hubo menos conflictos, sin ir más lejos, que el siglo anterior. Trajano llevó a cabo varios campañas militares destacando la de Tracia, para la cual concentró cerca de 100.000 hombres, unas doce legiones, más de un tercio del ejército de Roma, siendo este el despliegue militar más grande desde los tiempos de Augusto. Su sucesor, Adriano, optó por una estrategia de carácter defensivo, consolidando las fronteras del Imperio. Sin embargo, no descuidó al ejército en ningún caso, todo lo contrario, pues introdujo reformas militares como aumentar el tiempo de entreno. También ordenó la construcción de numerosas fortificaciones defensivas destacando el gran muro de Adriano, e hizo frente a varias rebeliones como la de Bar Kojba, en Judea.  También, si nos vamos a Marco Aurelio, veremos gran cantidad de conflictos militares, principalmente contra expediciones e invasiones externas de pueblos como marcomanos, cuados, sármatas, o mauritanos.



Religión

Acompañando los grandes cambios sociales que sufrió el imperio romano, encontramos también numerosos cambios religiosos. Si bien existía desde antes, en el siglo II d. C. el culto imperial, es decir, el culto al emperador, cobrará una enorme fuerza. Servirá tanto como para aumentar la autoridad y legitimación del emperador como un magnífico elemento de cohesión social y religioso en las provincias romanas. Este tipo de culto tendrá también un enorme éxito en el ejército romano, desde donde se introducirá en el imperio el culto a Mitra. En este siglo veremos la aparición de religiones mistéricas como la recién mencionada en la cultura romana, todas procedentes de Grecia y las regiones orientales. Por último, no podemos olvidar el cristianismo, que si bien estaba lejos de la popularidad de otras religiones empezaba a cobrar algo de fuerza y se iba asentando por todos los territorios del imperio.


El culto religioso a los emperador romanos

Pintura de un lararium (pequeño altar religioso dedicado a dioses del hogar) 
con la figura del emperador en el centro. Casa de los Vettii  (Pompeya, Italia).




Prosperidad y declive

Clave en que el siglo II d. C fuera uno de los mejores para el Imperio romano fue la gran gestión administrativa y la intervención política tanto exterior como interior que llevaron a cabo emperadores como Adriano o Trajano, siendo con este último cuando el imperio alcanzó su máxima expansión. Sin embargo, la llegada de Cómodo al trono acabó con ello, entrando Roma en un periodo de inestabilidad que acabará con la llegada de la famosa “Crisis del siglo III”.  Más luces que sombras en un siglo que se convirtió en el posiblemente  mejor de la historia de la Roma antigua pero que también trajo consigo el comienzo de la caída del principado.





Fuentes clásicas:

HA, Hadr.

HR, Cass. Dio, LXIX y LXX


Bibliografía:

E. Deschler-Erb, “El cénit del poder”, Desperta Ferro Especiales XIII (2018) 6-11.

El País, Historia universal. Roma (Madrid, 2004).

F. Lillo, El esplendor de Roma (Barcelona, 2018).

F. Lozano, “La promoción social a través del culto a los emperadores: el caso de Tiberio
Claudio Novio en Atenas”, Habis 38 (2007) 185-203.

J. Cortés, “Paideía e Imperio: Una reflexión sobre el valor de la cultura como fundamento del
dominio imperial”, Anuario de Historia. Virtual 8 (2015) 10-30.

J. Garzón, “Los antoninos: Análisis de la actuación imperial en la política romana del siglo II d. C. “, Baetica. Estudios de Arte, Geografía e Historia 12 (1989) 153-165

J. Osgood, Roma. La creación del estado mundo (Madrid, 2019).

J. Solís, “El emperador romano: señor del tiempo, dueño del espacio”, Antesteria 3 (2014)
209-224.

M. Beard, SPQR. Una historia de la antigua Roma (Barcelona, 2016).

S. Dando Collins, Legiones de Roma. La historia definitiva de todas las legiones imperiales
romanas (Madrid, 2010).

El turismo y las vacaciones en la antigua Roma

 



Puede parecer que el turismo y las vacaciones sean algo moderno, lejos de estar al alcance de los ciudadanos del antiguo imperio romano, sin embargo, no es así. Es más, la palabra “turismo” procede del verbo tornare (volver o hacer girar), debido a que hacer turismo implica un viaje de ida y vuelta. ¿Pero qué clase de turismo hacían los romanos? ¿A dónde iban y con qué intenciones?

Las clases más adineradas, como los senadores, una vez acaba el negotium y comenzaba el otium (periodo de descanso) se alejaban del caos urbano para dirigirse a las villas marítimas que solían tener en propiedad. Un lugar muy poblado de este tipo de villas era la Campania, donde se encontraban Pompeya, Herculano y por tanto sí, el Vesubio. La costa napolitana se convirtió en un centro turístico privilegiado para quienes podían permitirse una villa de este tipo. A comienzos del siglo I a. C., el “empresario” Cayo Sergio Orata, viendo la popularidad del lugar se dedicó a reformar villas al borde de la bahía para luego venderlas a un alto precio a los senadores. Cicerón escribió sobre cómo transcurría el tiempo en aquel lugar, “entre romances, canciones, banquetes y paseos en bote”.  Plinio el Joven también dejó constancia de las ocupaciones veraniegas de quienes se encontraban allí: meditar, leer recibir masajes, bañarse, escuchar recitaciones y música, pescar o montar a caballo.  



Reconstrucción de una villa romana


Pero los romanos que podían permitirse unas vacaciones, no solo buscaban alejarse de todo el mundo y descansar. Las populares novelas exóticas de los siglos II y III d. C. así como las muchas leyendas y mitos con los que convivían los romanos dieron lugar a que estos quisieran conocer aquellos lugares extranjeros que se mencionaban. Hablamos por ejemplo de Grecia y las provincias asiáticas, lugares llenos de historia para los romanos los cuales conocían a la perfección los poemas homéricos y a sus protagonistas, cuyas tumbas se encontraban en estas lejanas tierras. Troya, como no podía ser de otra forma, era uno de los lugares más visitados y deseados, pues ahí se encontraban entre otras cosas las tumbas de Hector o el propio Aquiles, las cuales visitaron personajes como Julio César o emperadores como Constantino. Lejos de los versos de Homero, también eran grandes destinos ciudades como Atenas, Corinto, Esparta o Delfos, donde los juegos atléticos y festivales eran un gran atrayente para todo aquel que buscaba alejarse de sus preocupaciones y deberes. Por otro lado, no podemos olvidar los grandes monumentos que al año atraían a gran cantidad de turistas, como el Coloso de Rodas, que si bien se desplomó por un terremoto en el 226 a. C., seguían estando presentes sus enormes miembros desplomados. Los forasteros se entretenían explorando estos, convertidos en grutas artificiales o intentando abarcar con sus brazos el pulgar de la estatua, que según nos cuenta Plinio el Viejo no era posible.  


El Coloso de Rodas derrumbado 
(Ilustración, recortada, de Jean-Claude Golvin)


Como hemos contado Grecia resultaba ser un gran atractivo turístico para el turista romano, sin embargo, un lugar que sin duda les maravillaba era Egipto. La tierra del Nilo, si bien hacía tiempo que había dejado atrás la época de los faraones (omitiendo la dinastía ptolemaica) y había sufrido una fuerte helenización, su ancestral cultura seguía estando presente con gran fuerza, siendo la escritura de jeroglíficos, su religión y los ritos religiosos así como otros aspectos culturales cosas que fascinaban a los romanos. Y no olvidemos los grandes monumentos como las tumbas subterráneas del Valle de los Reyes, donde los aún visibles grafitos con nombres, fechas, poemas, opiniones...etc. son la prueba de los numerosos excursionistas que visitaron el lugar a lo largo de la antigüedad. Al igual que en los foros de viajes hoy en día, en aquellas paredes podemos encontrar grafitos con frases como “la visité y no me gustó nada, excepto el sarcófago” o “‘¡No puedo leer este escrito!” de un abogado llamado Bourichios, quien parece ser que no sabía leer jeroglíficos romanos.

Pero los romanos no solo hacían turismo cuando se encontraban de vacaciones, sino que también aprovechaban cuando desempeñaban misiones bélicas o diplomáticas, como el cónsul Emilio Paulo quien tras vencer en Pidna en el 168 a. C. realizó un tour por Grecia, visitando y haciendo ofrendas por los templos y santuarios más importantes del territorio heleno como el de Zeus en Olimpia, el de Atenea en la Acrópolis o el de Apolo en Delfos. Al igual que otros lugares no religiosos como Áulide, en Beocio, desde donde partió la expedición griega encabezada por Agamenón contra Troya.

El turismo romano solía tener un fuerte rasgo cultural como hemos visto, aunque no siempre, y prueba de ello era la ciudad portuaria de Bayas. Aunque actualmente se encuentra sumergida bajo el mar, en su momento se encontraba en la costa napolitana, y era sinónimo de descontrol veraniego y de turismo de masas. La ciudad se encontraba llena de albergues, villas y tabernas, aunque de una no muy buena reputación. El griterío y los cantos se intensificaban por la noche y según nos cuenta Séneca las orillas de la ciudad siempre estaban llenas de gente borracha. Ovidio por su parte comentaba que “dar caza” a mujeres solteras o viudas era bastante fácil y el poeta Marcial nos dice que cualquier mujer fiel como Penélope (la mujer de Odiseo), se marcharía de Bayas transformada en Helena de Troya, quién abandonó a su marido Menelao por Paris, siendole infiel.


Al igual que hoy en día hay gente que se va de vacaciones a su casa de la playa o bien a hoteles de zonas costeras paradisíacas, los nobles romanos las pasaban en sus villas marítimas. Al igual que hoy en día la gente visita otros países buscando encontrar una cultura distinta y conociendo sus monumentos, museos o tradiciones, los romanos exploraban el Mediterráneo en busca de lo mismo. Y al igual que hoy en día hay quien busca la fiesta y decide visitar los lugares con más vida nocturna, los romanos visitaban ciudades como Bayas, aunque cambiando las discotecas por tabernas. Y es que una vez más podemos ver que no hemos cambiado tanto en 2.000 años. Eso sí, si no entendemos el idioma podemos recurrir al traductor de Google, no como el abogado romano Bourichios que no acabó muy contento tras no entender lo que ponía en las paredes de la tumba que visitó tras un largo viaje. 


Bibliografía:

Artículo "Roma se va de vacaciones" de Jorge García Sánchez para Revista Historia National Geographic Nº 176.


Los triunfos de César

 


Arriba fotograma de la serie Roma, 
abajo ilustración perteneciente al juego Imperator Rome

En época republicana era difícil superar los fastuosos triunfos celebrados por Pompeyo en el 61 a. C., pero Julio César, quien ya lo había vencido en el campo de batalla, también quiso vencerlo en cuanto a popularidad. César tenía derecho a celebrar tres triunfos al igual que Pompeyo en su momento, pues había vencido en la Galia, en Egipto y en Ponto. Pero el dictador no quería  igualarlo sino superarlo, y para ello necesitaba un cuarto triunfo. Lo cierto es que César venció en una cuarta guerra, la que tuvo contra los partidarios de Pompeyo en África, aunque era impensable que celebrase una victoria proveniente de una guerra civil. Es por ello que utilizó como excusa que en dicha guerra participaron númidas (aliados de los pompeyanos) a quienes derrotó. Era un claro abuso, pero César se había convertido en dueño de Roma y el Senado no podía negarle nada. 


Siguiendo como el dictador había planeado, se celebraron los cuatro triunfos en cuatro días distintos. Primero el de su triunfo en Alesia, con Vercingétorix como prisionero. Segundo el de Egipto, donde destacaron las jirafas, un animal desconocido para los romanos. Tercero el triunfo de Ponto, donde a falta del rey enemigo, el cual murió, destacaba un cartel con la célebre inscripción veni, vidi, vici. El cuarto y último fue el más embarazoso, el de su guerra contra el rey númida Juba II y los pompeyanos. No tuvo mucho éxito aunque César tuvo la sensatez de no representar a Pompeyo en los carteles donde aparecían los líderes enemigos vencidos. Durante el triunfo se pudieron escuchar numerosas ofensas y burlas por parte de los soldados hacia su general, lo cual estaba permitido. 


Triunfo de César (Ilustración de Peter Connolly)


Acabados los triunfos, César dió un enorme banquete al pueblo y 400 sestercios a cada ciudadanos, así como 20.000 a los soldados. Se realizaron también juegos y espectáculos. Estos se realizaron principalmente en el Circo Máximo y se tuvo que construir el que sería el primer anfiteatro de Roma. Entre los espectáculos más destacados encontramos una batalla con 20 elefantes por bandos, el primer combate naval (naumaquía) en un estanque artificial en el Campo de Marte, y una batalla con hasta dos mil hombres. Todo parecía que no podía ir mejor para César, pero el malestar por el régimen autocrático, los enormes gastos realizados y el gran número de muertes en los juegos entre otras cosas, hicieron que César se tambalease en una cuerda floja. Poco más de un año después, el Senado conspiraba contra él y acababa con su vida, con el gran Julio César.


Bibliografía:

Revista Historia National Geographic Nº 175. 


Artículos relacionados:



El Filógelos y los chistes romanos

 



Si bien el mundo ha cambiado mucho desde que Roma dominaba el mediterráneo, nuestra forma de divertirnos y reírnos apenas ha cambiado. Al igual que ahora, en aquella época también contaban chistes y, curiosamente, muchos son muy similares a los actuales. 



Aunque sabemos que los chistes existían de antes, la colección de chistes más antigua que conservamos es el Philógelos (en griego antiguo, ‘amante de la risa’) escrito en griego durante el siglo IV d. C. En él podemos encontrar hasta 265 chistes, y son principalmente diálogos entre distintos personajes, casi siempre ofensivos. Hay que tener en cuenta que el humor que tenían en esa época era muy diferente al actual y que muchos de los chistes hoy no tienen gracia, ya que las bromas y los chistes van en gran parte acompañados de un contexto social y cultural. Lo interesante del Philógelos es lo valioso que resulta para conocer muchos aspectos culturales y sociales del momento, así como el hecho de que muchos de  los chistes que aparecen podrían ser perfectamente actuales, algunos incluso los son. Eso sí, no esperes reírte con ellos, tal vez en su momento serían muy graciosos, pero en su momento. A continuación encontramos algunos de esos chistes:





-El peluquero pregunta: “¿Cómo quiere que le corte el pelo?”. Y el cliente contesta: “En silencio”.




-Un tipo le dice a su amigo: “Anoche me acosté con tu mujer”. A lo que el amigo contesta: “Yo soy su marido y tengo que hacerlo, pero tú, ¿qué excusa tienes?”.




-Un tipo está abroncando a un borracho porque pierde toda noción de la realidad cuando bebe más de la cuenta. A lo que el borracho le contesta, indignado: “Mira quién habla… El tipo que tiene dos cabezas”.




-Un misógino está frente a la tumba de su mujer. Un desconocido le da el pésame: “¿Quién está descansando ahora?”. A lo que el misógino contesta: “Yo, ahora que por fin estoy solo”.




“Un hombre va al médico y dice: “Doctor, cuando me despierto me encuentro un poco mareado, pero luego cuando pasa media hora ya me encuentro bien”. A lo que el doctor responde: “Pues levántese media hora más tarde”.




-Un hombre acude al vendedor de esclavos y se queja de que uno de los que acaba de comprar se ha muerto, a lo que el vendedor responde: “¡Nunca hizo nada parecido cuando estaba conmigo!”.





-Era un hombre tan avaro que a la hora de escribir su testamento se nombró heredero a sí mismo”.






(En muchos de los chistes se meten con los intelectuales dejándolos de tontos, aquí dos ejemplos)



-Un tipo se encuentra con un intelectual y le dice: “Anoche te vi en un sueño”. “Vaya -contesta el intelectual-, estaba tan ocupado que yo no te vi a ti”. 




-Un barbero, un calvo y un intelectual están de viaje. Acampan por la noche y hacen turnos para vigilar el equipaje. Durante su turno, el barbero se aburre y le afeita la cabeza al intelectual. Cuando el barbero le despierta para que siga él, el intelectual se toca la cabeza y dice: “Este tío es tonto: ha despertado al calvo en lugar de a mí”.




La educación en la Antigua Grecia

 

Paideia. Los colegios en la Antigua Grecia. Cómo estudiaban los griegos. Peter Connolly

Ilustración superior de Peter Connolly


La importancia que se otorgó a la educación en la Grecia clásica resultó fundamental para su florecimiento y desarrollo. En gran medida, una sociedad es el resultado de la formación de sus jóvenes, y las virtudes de la educación griega fueron claves para la forja de su civilización. 


El término paideia (παιδεία), traducido como educación o formación, resulta imprescindible para concebir la importancia que los griegos otorgaban a la educación de  los niños y los jóvenes para que se convirtieran en esos auténticos ciudadanos que hemos mencionado antes. Paideia (de pâis, “niño”) comprende no sólo la educación, sino también la cultura, la tradición, y la civilización que debían recibir los futuros adultos. La educación consistía en un proceso por el que el joven asimilaba una serie de conocimientos, principios y destrezas que le harían poder servir de la forma más útil y virtuosa posible a su comunidad, de alcanzar la areté de uno mismo. Vemos la importancia que le daban los griegos al individuo, al hombre, así como a la comunidad, a su servicio a la polis. En Atenas, desde niños se les enseñaban a leer y escribir, así como matemáticas y geometría. Esto era esencial para que un futuro ciudadano pudiese ayudar a la polis. Se fomentaba el desarrollo tanto de las aptitudes mentales como corporales, en perfecta armonía entre ellas, no se entendían ambas por separadas. Esto es fundamental dentro de la educación griega, pues era esencial para todo ciudadano alcanzar un equilibrio entre ambas aptitudes. 


Desde la Grecia arcaica, los poemas homéricos eran incluidos dentro de los programas educativos pues ejercían una gran e importante influencia moral y civilizadora, y constituían el repertorio fundamental de sus códigos sociales morales y religiosos. Sus protagonistas transmitían a lo largo de las generaciones una ética colectiva e individual. Algunas ideas que captaban los jóvenes con la lectura de estas obras eran la necesidad de cumplir escrupulosamente los ritos religiosos y de no ofender a los dioses, así como de fidelidad en el matrimonio. Estos eran pilares fundamentales en la sociedad, cuya conservación tuvo mucha importancia en la antigua Grecia, ya que eran fundamentales para la supervivencia de la cultura. 


A la edad de trece años, si la familia disponía de recursos, la educación pasaba al gimnasio. Este, junto al simposio, constituía un marco fundamental de relación masculina. En él era donde se practicaba el ejercicio físico, además de que impartían lecciones filósofos y poetas. Un nuevo ejemplo de la unión que tenían tanto el cuidado de la mente como del cuerpo. “El ideal educativo de un ateniense en la época de Platón puede resumirse en el concepto del kalos kagathós: el hombre equilibrado; bello del cuerpo y bello del alma; es decir; justo” (Alcoberro Pericay, 2019). Un rasgo muy significativo de la nueva civilización griega presente en la educación que no podemos olvidar es el espíritu guerrero presente en su cultura. La guerra era el signo dominante de la época y no son pocas las representaciones de batallas y hombres armados que encontramos en el arte griego. 


La  ideología griega era de carácter esencialmente competitivo, consecuencia de ese espíritu guerrero del que hemos hablado, y tenía como objetivo principal la consecución de la excelencia o areté.  Un término que define perfectamente esta mentalidad es agón (ἀγών), traducido como competición o certamen. El agón, la competición individual y colectiva,  enseñaba que el honor era la virtud más alta por la que uno luchaba, estando por encima de su propia vida. La pérdida del honor, constituía el peor desastre. Era enseñado en los gimnasios y puesta a prueba en las competiciones, como por ejemplo las Olimpiadas, y principalmente el campo de batalla, siendo este el escenario principal de esta búsqueda de la excelencia a toda costa. También se aprendía por medio de los textos homéricos ya mencionados antes.


Ese importante servicio a la polis, junto a la competición individual en busca de la areté, se ve reflejada en el sistema de combate griego, el sistema hoplítico. Este se basaba en la falange, una formación cerrada y compacta donde todos los soldados luchaban por igual cubriéndose unos a otros. Si uno rompía la formación, ponía en peligro a sus compañeros y a su polis, por eso el mantenimiento de la formación por parte de cada uno de los combatientes era esencial para no ser derrotados. De esta forma, no se entendía la gloria individual y el triunfo de la polis por separado.



Bibliografía:

Alcoberro, R., (2019). Platón. Comprender la filosofía. Ciudad de México, México: RBA Coleccionables, S.A.U

S. Ruiperez, M., Tovar, A., (1979). Historia de Grecia. Historia de la humanidad. Barcelona, España: Montanter y Simón, S. A.

Gómez Espelosín, Francisco Javier., (2016). Historia de Grecia en la Antigüedad. Madrid, España: Ediciones Akal, S. A.

Gernet L., (1980). Antropología de la Grecia antigua. Madrid, España: Taurus Ediciones, S.A.

Penadés, A., García, Juan Carlos., (2018). El declive de Atenas. Madrid, España: National Geographic Society.

Saavedra Mayorga, Juan Javier (2007). Las ideas sobre el hombre en la Grecia antigua. Revista de la Facultad de Ciencias Económicas: Investigación y Reflexión, vol. XV(2),213-234.

Benéitez Prudencio, José Javier., (2008). El pensamiento antropológico griego
a finales de la época clásica. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, vol. LXIII, n.o 2, págs. 7-33. 


Memnón de Rodas, el gran rival de Alejandro



Ilustraciones de J. Shumate


Memnón, nacido hacia el 380 a. C. en la isla de Rodas, fue un hábil mercenario griego que estuvo al servicio de Dario III en su guerra contra Alejandro Magno. La carrera del rodio como líder mercenario estuvo ligada al principio con la de su hermano Mentor. Ambos sirvieron a Artabazo II, el sátrapa persa de Frigia. En el 358 a. C. el sátrapa se rebeló contra su rey, el aqueménida Artajerjes III y puso a Memnón y a su hermano Mentor al frente del ejército rebelde. Como recompensa los dos rodios recibieron tierras en la Tróade.

La guerra les supuso el exilio tras la derrota. Huyeron a la corte de Filipo II donde fueron bien recibidos. Allí Alejandro y Memnón se vieron las caras por primera vez, aunque ninguno se imaginaba lo que el destino tenía guardado para ellos. Años más tarde, Mentor se las arregló para hacerse perdonar por Artajerjes III y obtener del rey el permiso para que Memnón y los suyos pudieran regresar a casa. Mentor murió y Memnón heredó las tierras de la Tróade antes mencionadas. Cuando Alejandro Magno comenzó la invasión de la actual Turquía, los líderes persas se reunieron y tomaron la decisión de presentar batalla al rey macedonio, e hicieron caso omiso a Memnón, quien afirmaba que la mejor opción era llevar la flota persa a Macedonia para llevar la guerra hacia allí. El rodio sabía que la poderosa flota persa era muy superior a la griega, y si se hacía con el claro control del mar, Alejandro no podría recibir suministros desde Grecia. 

La batalla que buscaban los sátrapas persas, ocurrida en el Gránico, acabó en clara derrota. Dario III entonces interfirió confiando en él y dándole la razón. La guerra pasaría al Egeo.  




Memnón de Rodas (Joan Francesc Oliveras) 


Memnón consiguió algunas victorias y se hizo notar. Alejandro Magno se había encontrado con un gran obstáculo inesperado en su campaña, se había encontrado con aquel niño extranjero con quien un día compartió palacio. Lamentablemente para los persas, finalmente Memnón murió por causas naturales durante un asedio. Sin la presencia de tan gran estratega y líder,  la flota persa no supo hacer frente a la macedonia, que pudo continuar y apoyar a Alejandro Magno en la conquista de la costa jónica. Si bien las grandes batallas que se recuerdan sucedieron en tierra, el control del mar fue clave en la campaña del macedonio. Motivo de ello fue que Alejandro, en vez de continuar hasta el centro del Imperio persa tras atravesar la actual Turquía, se desviase para tomar la costa sirio-palestino, donde grandes puertos como Tiro, suministraban importantes cantidades de naves a la flota persa. Todos conocemos el final de la gran hazaña de Alejandro, sin embargo, si Memnón no hubiera muerto, es posible que le hubiera puesto las cosas muy difíciles a Alejandro y quien sabe si incluso la historia hubiese cambiado.

Bibliografía:

“Alejandro Magno. Guerras (Ruth Sheppard). Editorial Libsa (2008) 


 

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